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¿Quién paga el rencor?

Rafael González Montes de Oca


wawis_montesdeoca_rencorLos seres humanos hacen cosas terribles por rencor. El deseo de desquitarse por un agravio nubla el pensamiento y puede acabar imponiéndose sobre la razón, los límites a la conducta a los que usualmente se somete cada quien e incluso en ocasiones sobre sus valores más arraigados; y todo eso sin importar mucho si la afrenta fue real o sólo existió en la mente del ofendido.

Los políticos no escapan a este sentimiento, lo malo es que si lo experimentan en su trabajo se desquitan ahí mismo, y si por algo se caracteriza su actividad laboral es por ser pública y por tener consecuencias para el buen o mal gobierno y para la buena o mala marcha de un país.

En Estados Unidos, por ejemplo, en una ocasión un senador por Carolina del Sur que se llamaba Preston Brooks se sintió muy ofendido por el discurso de otro senador, Charles Summer, de  Massachusetts, así que lo golpeó con su bastón hasta dejarlo inconsciente. Según narra Isaac Asimov, (y no es en forma alguna un escrito de ficción,) el congresista golpeado sufrió tales heridas, que no pudo volver al Senado sino hasta tres años y medio más tarde… “y quedó dolido”, puntualiza Asimov, “por el resto de su vida”. Claro, eso sucedió hace mucho tiempo.

Escribo sobre esto porque estuve leyendo las abundantes noticias sobre Juanito, el delegado paradójicamente electo en un proceso democrático sin que los votantes quisieran que fuera él quien ocupara el cargo. Más allá de la abundante colección de datos curiosos, increíbles y hasta divertidos en torno al personaje, me parece interesante comprender qué fue lo que motivó su decisión de faltar a su palabra, romper su compromiso público, suscrito incluso ante un notario, para quedarse al frente de una de las demarcaciones políticas más complejas del país. ¿Por qué le falló Juanito a su ídolo? ¿Por qué le dio la espalda al partido que lo llevó a la candidatura y también al que lo llevó al triunfo? ¿Qué es lo que hace que un hombre se desdiga a los cuatro vientos, tan en público como se comprometió a lo contrario? Las conductas humanas nunca dejarán de ser interesantes por impredecibles, cambiantes y sorprendentes; pero a veces son incluso más interesantes las motivaciones. ¿Cuál es el lugar de la cabeza de Juanito, más allá de la banda tricolor, de donde sale la convicción para romper con todo y con todos?

Hay quien sugiere que fue la ambición de poder. ¿Le habrá resultado imposible renunciar a la posibilidad de ser El Señor Delegado? ¿Habrá sido demasiado difícil negarse a un sueldo y beneficios, por mucho mayores a los que ha recibido jamás? Tal vez lo que lo haya movido haya sido algo más poderoso que la ambición y más destructor que el deseo: tal vez lo haya movido el rencor.

Tal vez este Juanito, después de ver decenas de veces la escena vergonzosa del momento en que López Obrador le hace comprometerse a humillarse (otra vez) y servir de tapete para “Clarita”, dejó de disfrutarla y de encontrarle sentido. Tal vez se empezó  a sentir incómodo al ver cómo le exigieron que “protestara” cumplir con ese plan truculento sin ofrecerle nada a cambio. Tal vez le pareció demasiado servil la forma en que se sometió a los caprichosos designios de “nuestro presidente legítimo”, como le llamó en ese momento. Tal vez leyó una de las muchas entrevistas que ha dado, y ya al verla escrita, despojada del tono de héroe-mártir con que daba sus explicaciones iniciales, no le pareció heroica sino ridícula. Tal vez sintió un poco de humillación y después de ésta, el sentimiento naturalmente resultante: rencor. ¿No explicaría esto que se dé el lujo de “desconocer” a López Obrador como “presidente legítimo”?

Pero el rencor genera reacciones, a veces de la misma intensidad, y muchas veces mayor. ¿Cuánto rencor estará gestando Juanito en su contra?

¿Cuánto de rencor habrá en nuestros políticos? ¿No fue todo lo que sucedió con Carlos Ahumada —después de la corrupción, me refiero— una conjugación de rencores encontrados?

¿No será que los priístas creen que al hacerle las cosas difíciles al Presidente se desquitan por la afrenta imperdonable para ellos de haber sido expulsados de Los Pinos?

¿No es cierto que los principales partidos políticos se encuentran llenos de rencores internos entre tribus, corrientes, grupos o facciones de poder? ¿Cuántos de nuestros nuevos representantes en el Congreso están listos para desquitarse desde la tribuna de años de haber sido relegados, ignorados o —peor aún— vencidos?

¿Podemos esperar de los políticos conductas superiores a las que les dictan sus reacciones, sus ánimos ofendidos, su proclividad al desquite? ¿Podemos esperar que se olviden de lo que consideran cuentas por cobrar?

Cuando los políticos se enojan, ¿quién paga el rencor?

rafael@gonzalez.com.mx

Escrito por en 19 septiembre 2009. Archivado en * Info • Lente,México. Puede seguir cualquier respuesta a esta nota con RSS 2.0. Puede dejar una respuesta o un trackback a esta nota

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