Las celebraciones no sólo deben ocurrir en la esfera privada de quienes unirán sus vidas hasta que “su capacidad de amar y perdonar se los permitan”, como dijera la jueza que en representación de la sociedad y las leyes declaró en legítimo matrimonio a 9 parejas en el Hemiciclo a Juárez el domingo 14 de marzo; sino que todos los demás tenemos razones para festejar:
Primero. Porque a pesar del sistema político mexicano cuya base son los partidos, la sociedad civil organizada acompañó una reforma legislativa a favor de la igualdad. No se puede entender el proceso legislativo que reformó el código civil del Distrito Federal para permitir el matrimonio y el concubinato entre personas del mismo sexo con derecho a la adopción, sin la participación de la organizaciones civiles que con su experiencia, su activismo y sus argumentos, dieron la batalla desde los salones legislativos, los medios de comunicación y los espacios públicos tradicionales. Celebremos que los ciudadanos, bajo ciertas circunstancias, podemos encontrar en los partidos un aliado para conseguir objetivos sociales.
Segundo. Porque el matrimonio entre personas del mismo sexo despertó otros debates públicos de manera paralela pero igual de relevantes. Es verdad que en la laicidad del Estado no recae necesariamente el alcance de anhelos progresistas. Pero en este caso, apuntalar una causa de avanzada, de derechos humanos, sirvió para exhibir que México necesita fortalecer el carácter de su Estado Laico; donde la premisa es la libertad de creencias y convicciones filosóficas, antes que la confrontación con los cultos religiosos.
Tercero. Por que el movimiento LGBT de México, a pesar de sus históricas diferencias, encontró un motivo de unidad sustantiva, más allá de lo adjetivo; pues incluso aquellas voces críticas que señalaron posibles inconsistencias en la reforma legislativa, aquellos que no creen ni creerán en el matrimonio por tratarse de una institución social desgastada y propia del mundo heterosexista, hicieron aportaciones valiosísimas para lo que hoy es una realidad. Ahí radica en esencia la unidad por lo menos simbólica que para mucho parecía imposible.
Cuarto. Porque hemos asistido a una relevo generacional en el movimiento social de la diversidad sexual. Jóvenes con nuevas ideas, con nuevos planteamientos y con un ánimo renovado, participaron y participan en la consecución de una lucha inspirada en valores de suyo positivos, y alejada del resentimiento social. Jóvenes que sin claudicar, optaron por la vía institucional y en la argumentación civilizada de las ideas, pero también con la capacidad de levantar la voz cuando fue necesario.
Quinto. Porque en el sinuoso camino del reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo se lograron articular alianzas, identificar instituciones y actores solidarios, de tal manera que todos abonaron para que la iniciativa fuera presentada, discutida, aprobada y defendida a capa y espada. Ahí está el apoyo decidido del gobierno del Distrito Federal, de las fracciones parlamentarias de la Asamblea Legislativa del Partido de la Revolución Democrática, el Partido del Trabajo, el Partido Nueva Alianza, incluso del Partido Revolucionario Institucional aunque al final se abstuvo pero tampoco apoyó la acción de inconstitucionalidad. El apoyo también se vio desde algunas dependencias del Gobierno Federal, contraviniendo la posición oficial calderonista, como fueron CENSIDA y el CONAPRED. Y lo mismo de la Comisión de Derechos Humanos del DF, y de la CNDH, ésta última al no participar en una impugnación ante la Corte contra el matrimonio gay; instituciones académicas, el Tribunal Superior de Justicia del DF, entre tantas otras instancias comprometidas por lo menos en una causa.
Sexto. Porque sin el despliegue oneroso de recursos, fue posible enfrentar la reacción de la derecha, la que normalmente cuenta con importantes capitales y todos los medios a su alcance para expresar su oposición a las causas liberales. Redes sociales, grupos virtuales, espacios en Internet fueron todos de gran utilidad para dar a conocer los argumentos jurídicos, sociales, médicos, antropológicos, políticos, y de toda índole para apuntalar la reforma al código civil del Distrito Federal. Lo mismo ocurrió con foros, debates, manifestaciones, consultas, y herramientas de comunicación y medios que cultivaron una misma idea por la igualdad.
Séptimo. Porque los medios de comunicación colectiva en su gran mayoría exhibieron madurez informativa y sintonía con la corrección política, rechazando a través de las voces más respetables de la opinión pública la discriminación y la homofobia, así como mostrando sensibilidad para dar cabida a todas las voces, a favor y en contra, de tal manera que fuera el público quien finalmente asumiera una postura. En la ciudad de México, la geografía más importante para este asunto particular, se consiguió que la mayoría de la población apoyara el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ahora sólo falta seguir incidiendo en el tema de la adopción.
Octavo. Porque se hizo patente que no es necesario un representante legislativo con una orientación o identidad sexogenérica diferente para impulsar la agenda de la diversidad sexual. Así como el diputado David Razú es heterosexual y el principal impulsor del matrimonio entre personas del mismo sexo, no fueron pocos los heterosexuales que en los diferentes momentos manifestaron su apoyo a la reivindicación de los derechos LGBT. Con esto se derriba también la hipótesis de que el fenómeno del voto rosa puede lograrse con personas con características específicas, por el contrario, basta con mostrar plataformas electorales consistentes.
Por todo esto, celebremos que después de 32 años de que el movimiento LGBT de México saliera a las calles, en 2009-2010 se ha alcanzado un logro más; celebración que no implica bajar la guardia, por el contrario la seguridad de que la comunidad LGBT debe ir por más. ¡Felicidades!
vía: Anodis
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Uriel Chaires
25 marzo 2010 en 9:36
Sinceramente, lamento mucho que haya personas que sufran tanto en sus matrimonios y que por una mala decisión, por una decisión mal pensada, no reflexionada, ahora tengan la idea de que el matrimonio es para sufrir los dos. ¿qué no era lo contrario?
Matrimonio: institución para la AYUDA MUTUA. Casarse es SER TÚ MISMO, pero al lado de otra persona, es compartir tu vida, compartirle a esa persona que amas, todo lo que te sucede, lo que sientes, lo que piensas y lo que quieres.
Si la persona con que se ha contraído matrimonio se ha convertido en un verdugo juzgón, gritón y amargado, se ha convertida en la persona que MENOS le puedes confiar ni contar la verdad, entonces, algo no está bien, o no era la persona indicada o el tedio, la monotonía y el fastidio bañado de frustración por lo que ya no hizo en su vida, invadió la ilusión con la que se casaron. Hay que pensarlo…
Dos personas del mismo sexo que se proclaman amor y quieren también vivir juntos, compartirse mutuamente todo lo que ocurre en sus vidas, eso, compete sólo a la libertad de decisión de esas personas y a los demás sólo nos resta no confundirnos, no confundir las palabras y sus significados. El matrimonio es donde hay un hombre y una mujer, la cual puede tener hijos porque tiene “matriz” que puede guardar el óvulo fecundado por su esposo, porque han decidido tener un hijo como consecuencia y fruto del amor que se tienen y porque consideran que eso es parte de su plan de vida.
Dos personas del mismo sexo que también tienen como plan de vida amarse y estar juntos, no se llama matrimonio, es una unión que se parece, pero no lo es, así no se llama. Creo que no hay un término que nombre estas uniones pero no es “matrimonio” porque no hay esa posibilidad, la posibilidad de trascender y encarnar su amor en un hijo. Que haya parejas de personas homosexuales que por el afán de que su unión se equipare al matrimonio heterosexual contrapongan la procreación con la adopción, sigue siendo una diferencia abismal a lo que se llama matrimonio.
Hay que tener mucha caridad de comprensión para escuchar, y la mente abierta para entender y poner cada cosa en su lugar y dar a cada quien el nombre que le corresponde. Así como un triángulo sólo se le puede llamar a la figura que tenga tres lados y otra figura que tenga dos lados y medio, o un lado y dos medios lados, o cuatro lados pero uno casi no se ve, por más que se le busque, eso no se llama triángulo aunque con mucho esfuerzo alguien se quiera obligar a convencerse a sí mismo de que al menos “se parece”; de igual modo, una unión homosexual aunque quiera con la adopción cubrir la definición completa de matrimonio que implica procreación, por más que se le “parezca”, no se llama matrimonio. Un triángulo es un triángulo y un matrimonio es un matrimonio.
No hay que confundirnos.
Que todos sean felices, que cada quien decida lo que mejor le parezca y ojalá no nos equivoquemos en nuestras decisiones, pero sobre todo, que nunca perdamos el rumbo y el sentido directo y claro de las cosas. Por favor, todo por su nombre. Si queremos también, está la opción de hacer un neologismo y todos felices, hacer una palabra y darle el significado propio, y eso no es discriminación, solamente es orden y claridad de pensamiento.
Así que a seguir creciendo en armonía, no hay por qué destruirnos entre nosotros.
Ana
25 marzo 2010 en 13:29
Otra razón para festejar? Porque David Razu, diputado perredista, logró ponerse a la cabeza de la “causa gay”, pasando encima de su compañera Enoé Uranga, a pesar de las quejas de un gran sector de la comunidad LGBT que manifestó claramente que “ellos NO nos representan”.
Juanella
25 marzo 2010 en 13:46
Totaaaalmente de acuerdo. Es más, tengo otra razón para celebrar.
Con el “matrimonio gay”, una minoría -eso sí, super luchona- logró imponer su ideología a la mayoría -que claro, es la mayoría de mexicanos que apenas acude a votar, no participa, no defiende sus instituciones, etc-.
Con el “matrimonio gay”, la bien llamada Inquisición Rosa se echó de lleno sobre todos los que osen no promover lo homosexual, todos los que se atrevan a opinar diferente.
Ahora, la inquisición rosa, en un alarde de intolerancia, los etiqueta como homófobos.
Tengo amigos que viven con atracción a su mismo sexo: los respeto, me respetan, somos amigos pues!!! pero ni yo les impongo mis creencias, ni ellos buscan imponerme las suyas. Nos conocemos, comprendemos y toleramos.
Por eso dudo que haya tantas cosas que festejar con el “matrimonio gay”. Porque libertades y derechos civiles todos tenemos, ¡así debe ser!, pero parece que la sociedad se está volviendo cada vez más polarizada e intolerante. Qué lástima.