Huía de la cultura europea, señala la escritora Fabienne Bradu / No quiso integrarse a la intelectualidad mexicana, que ya estaba contaminada
La vida del escritor francés Antonin Artaud (1896-1948) está llena de sombras y enigmas que seguramente jamás serán develados, reconoce con tristeza la escritora francomexicana Fabienne Bradu.
Leer a Artaud es como caminar sobre una cuerda floja, señala al hablar de su libro Artaud, todavía (Fondo de Cultura Económica), donde publica la correspondencia inédita entre el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón y la editora de la obra completa del dramaturgo marsellés, Paule Thévenin, que aporta un nuevo sesgo en torno a la vida de Artaud.
“Su literatura me provoca una sensación de inseguridad y sus ideas me hacen sentir efectos muy fisiológicos”, cita a Luis Cardoza y Aragón. “No creo que alguien salga inmune de la lectura de Artaud. Su literatura es violenta y convulsa, y seguramente no soy la única que así lo ha sentido”, expresó.
El principal reto para cualquier investigador en torno a la vida y obra del poeta, expresa, es superar los mitos y enigmas que perviven en torno a su estancia en México en 1936. Sin embargo, reconoce que existen mitos que prevalecerán, como por ejemplo la razón que lo llevó a la región tarahumara, donde se convirtió en un ermitaño en busca de un tesoro por todos desconocido.
En opinión de la autora, Artaud vino a México por una razón: “Venía huyendo de la cultura europea. Esa es la principal razón. Venía en busca de esos orígenes que le permitieran hacer una regresión en el tiempo, donde las culturas no estaban contaminadas o influidas por ese modo occidental, más bien europeo, de ver la realidad”, explicó.
Cuando Artaud llegó a México no buscó integrarse con la intelectualidad mexicana, señaló. No buscó conocer el arte de su época porque pensaba que tanto escritores como pintores estaban contaminados por la cultura occidental, así que los hizo al margen. Incluso, llegó a señalar que muralistas como Diego Rivera, aunque intentaban representar las raíces mexicanas, por su educación y formación tenían una cultura ya deformada, expresó.
Fabienne Bradu piensa que Artaud vino a México en busca de una curación personal, de los males físicos y mentales que lo aquejaban. “Estoy segura que tuvo esperanza que en esas culturas encontraría la curación que tanto anhelaba. Buscó la curación de sus males en el rito tarahumara”, detalló.
Una pregunta que la también autora de Ecos de Páramo no logra resolver es por qué Artaud se inclinó por esta cultura –la Tierra Roja, como la llamó– y no por otras como la maya. “Es un enigma, pues seguramente tuvo un panorama general de las culturas prehispánicas; leyó el Popol Vuh, pero se desconoce por qué decidió ir al norte y no al sur”, indicó.
LÁUDANO EN EL CAMINO
Uno de los aspectos que la autora puntualiza a lo largo del prólogo de su libro es el sacrificio que realizó Paule Thévenin para la edición de la obra completa de Artaud.
“Lo triste es que en los volúmenes de la editorial Gallimard no existe su nombre. Si uno toma cualquier libro de inmediato piensa que fue Artaud quien lo compiló. Incluso al final del libro se detalla una serie de notas, pero nunca aparece quién las escribe. De seguro un lector novel no lo sabrá”.
Sin embargo, aclara, el motivo por el que Paule Thévenin se hunde en el anonimato tiene que ver con la familia del escritor marsellés, ya que al no contar con título universitario ni con un documento que la avalara por Artaud como la compiladora de su obra completa prefirió quedar en el anonimato.
“Hay una frase de Paule Thévenin que me dejó con un resabio de tristeza: ‘Nunca tendré el placer de ser una lectora común de Artaud’, primero porque debe terminar de editar la obra y porque no consiguió ver el trabajo completo”, indicó.
Un capítulo sensible, añade, en la vida del poeta surrealista fue su apego a las drogas. Por desgracia, expresa Bradu, no siempre se contextualiza que él necesitaba de las drogas para aliviar el sufrimiento físico que padecía a causa de una meningitis que lo aquejó desde edad temprana.
El mismo André Breton se pregunta dónde termina la visión de ese poeta vidente y dónde comienza la droga por esa necesidad de tomar láudano. Por qué tomar drogas, si el cerebro debe ir por sí mismo más allá de lo que son nuestras fronteras, expresa, y el mismo Octavio Paz lo retomó en algún momento sin aludir directamente al escritor francés.
Por fortuna, Octavio Paz dice una cosa muy justa: “Si la droga hiciera mejor al poeta, entonces todos los que toman droga escribirían magníficos poemas”. Paz estaba convencido de que las drogas no favorecen ningún proceso poético, sólo ciertas experiencias a partir de las cuales luego se escribirá, expresa.
Con Artaud, todavía, Fabienne Bradu concluye la que ella misma ha denominado: “la santísima trilogía surrealista” que inició con la publicación de André Breton en México y Benjamín Péret y México.
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