Geodinámica
Fran Ruiz
La Tierra es, por decirlo de algún modo, una gigantesca uva pasa, cuya energía interior moldea permanentemente su arrugado pellejo, creando cordilleras montañosas. Esta “vida interior” es la culpable de que haya terremotos y maremotos con un terrible costo en vidas, como acabamos de ver en Haití y en menos medida en Chile y Turquía.
La increíble energía interior que funde la capa interna de la corteza terrestre y la pone a moverse en forma de círculo es la responsable del empuje, imperceptible casi siempre, de las placas tectónicas y del choque de éstas, siendo la más pesada la que se hunde bajo la más ligera (subducción), lo que provoca que periódicamente ocurran gigantescos corrimientos de tierra.
Una de las placas más activas del planeta es la de Nazca, integrada en el llamado Anillo de Fuego (que rodea la costa pacífica americana y la asiática). Esta placa empuja con fuerza desde las profundidades del Pacífico hacia la placa de Sudamérica, mucho más ligera. La imponente cordillera de Los Andes es de hecho el sedimento levantado de miles de millones de años de empuje de una placa sobre la otra.
Cuanto más tiempo pasa hundiéndose la placa oceánica sobre la continental sin que haya reacomodo, lo que se conoce como “silencio sismológico”, más fuerte puede ser el corrimiento de la placa que está por encima. Pues bien, esto es lo que acaba de ocurrir hace algo más de una semana en el centro-sur de Chile. La energía de empuje fue el equivalente a 100 mil millones de toneladas de TNT, lo que en grados Richter son 8.8. Este corrimiento de tierra hacia el oeste llegó a mover hasta 3 metros la ciudad chilena de Concepción y arrastró a casi toda Sudamérica, incluido un par de centímetros en Fortaleza, en la costa atlántica brasileña, en el otro extremo del subcontinente. El ímpetu de la placa de Nazca es tal, que el mayor terremoto de la historia ocurrió también en Chile, en 1960, con un terremoto en Valdivia cercano al cataclismo (9.5 grados).
Además, el terremoto de Chile del pasado 27 de febrero pasará a la historia no sólo por ser el quinto más poderoso jamás registrado, sino por ser el primero que claramente ha dejado imágenes que evidencia la deriva de los continentes, ya que el sismo de 2004, pese a ser el segundo mayor registrado en la historia, con 9.2 grados Richter, junto al de Anchorage (Alaska), en 1964, ocurrió bajó el Océano Índico; así que, no lo pudimos ver.









