Carlos Alberto Patiño
Déjame que te cuente.
Hace 30 años, cuando tú llegaste, no había celulares, casi nadie tenía microondas y las computadoras eran cosa de las grandes empresas o de genios. Las videocaseteras apenas comenzaban a ponerse de moda, y tener un fax era expresión máxima de modernidad.
Marzo 4, 2010 | | Incluído en
Carlos Alberto Patiño |
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Carlos Alberto Patiño
Hay rumbos de la ciudad que se entrometen. Por más que uno no tiene un interés particular por determinada zona, irremediablemente acaba por acudir ahí.
Carlos Alberto Patiño
Yo soy abuelo. No es que sea muy viejo, es que mi precoz hija menor nos adelantó el estatus a toda la familia. Pero no quiero escribirles de eso hoy, pues excedería a la enésima potencia el espacio de las Crónicas al vuelo si les contara un poquito de mi nieto.
Carlos Alberto Patiño
Era la víspera de la Nochebuena.
Gerardo, el conductor que preguntaba por el rumbo que seguiríamos acaba de recibir un vocho del año como regalo.
Todavía ignoro por qué méritos se lo dieron, pues era imposible que fuera por sus calificaciones. El asunto es que en cuanto supo que recibiría las llaves del autito, llamó a mi hermano y a otros amigos para mostrarnos su obsequio.
Carlos Alberto Patiño
Es femenina y por lo tanto, contradictoria.
Te atrae y te rechaza.
Cuando la buscas, no te responde, pero si la ignoras, te daña.
Carlos Alberto Patiño
Siempre lleva un libro consigo. Al trabajo, a la escuela, a comer, a los cafés y bares, hasta a hospitales y funerarias.
“Quién sabe cuándo se presente una emergencia de lectura”, dice a los preguntones
Roja, dije sin dudar. Me preguntaba el taquero por la salsa. Nada de mayor importancia. Pero al expresar mi elección, algo hizo ping, allá adentro, donde las neuronas fosforean cuando logran una sinapsis. Es que lo de escoger a la roja me es algo automático. El chispazo en aquella cena fast track me hizo recordar la infancia.
Carlos Alberto Patiño
Le decían El Güero, aunque todos en el rumbo sabían que su nombre era Carmelo. Cada mañana, de lunes a sábado, despertaba al vecindario con los chiflidos que daba para avisar de su llegada por la basura. Nada de los campanazos tradicionales. Un largo silbido y el grito ¡la baaaasura! hacían que en casas y departamentos corrieran señoras, señores y muchachas para entregar los desperdicios hogareños.
El agua es cabrona. Esa es la lección básica de los ingenieros hidráulicos. Cada vez que uno se refiere al tema, los expertos dan como primera explicación ésa que seguramente fue una de las primeras advertencias que recibieron cuando estudiantes.