No deja desacudirse la tierra. Van cientos de réplicas, algunas de hasta 6.6 grados Richter. Cada réplica fuerte desata el pánico y la desesperación; la gente vuelve a correr lejos del mar, esperando que otras olas terminen de destruir lo que queda de las ciudades costeras.
Las réplicas no nos permiten dejar atrás el terremoto, porque es como si nos estuviera persiguiendo todavía. Cada noche y cada mañana nos recuerda que sigue aquí y que reconstruir será trabajo de años. Pero esta tragedia pasará y cuando lo haga conoceremos las verdaderas maldiciones y bendiciones que trae consigo.
Maldiciones, claro, para los dos millones de damnificados que han visto sus casas ser arrasadas por el agua o dañadas irreparablemente por el sismo. Para las víctimas y sus familiares, que han perdido lo más valioso de todo. Para todo un país que verá su desarrollo retrasado y su crecimiento mermado.
Maldiciones para Michelle Bachelet, que terminaba su gobierno con una aprobación del 82 por ciento y una reputación intachable, así como un reconocimiento generalizado. La sacudida también desquebrajó su imagen.
A pesar de que ella estaba en la Oficina Nacional de Emergencias (ONEMI) menos de una hora después del terremoto y emitió mensajes de tranquilidad, varios hechos han puesto en entredicho la actuación del gobierno.
En primer lugar, se emitió información confusa respecto al riesgo de maremoto en la zona. Bachelet misma dijo que según sus indicadores no había riesgo, pero que aconsejaba buscar terreno alto. Esa recomendación fue muy insuficiente para la gente de la Isla Juan Fernández, cuyas casas fueron arrasadas por un tsunami que viajaba a 500 kilómetros por hora.
Un titubeo que costó vidas. La Marina ha reconocido que fue poco clara con la presidenta, pero hay un segundo titubeo criticado: no haber enviado el ejército de inmediato a las zonas afectadas. La derecha, siempre con la mano en el gatillo, está convencida de que lo primero que había que hacer era mandar a los milicos a reprimir a la gente y sólo después mandar alimentos y ayuda. Bachelet declaró estado de catástrofe esa misma madrugada, pero no declaró Estado de Sitio hasta 48 horas después, cuando los saqueos se habían desatado en Concepción.
Conforme se amontonan las críticas contra el gobierno también se va desdibujando la objetividad, arrastrada por la saña de los medios chilenos contra la Concertación y por las limitaciones comunicacionales de la administración.
Esa pérdida de la objetividad empieza a causar mella en el estado de ánimos social y ha empañado irremediablemente el legado bacheletista. La presidente dio una entrevista el miércoles, en que explicó, con franqueza y claridad, que no hubo ni dudas ni tardanzas, sino que las decisiones se tomaron según hubo información. Detalló que un terremoto de 8.8 grados es excepcionalmente destructivo y que todas las redes estaban caídas. Dijo que trató de comunicarse por teléfono celular y fijo con todos los sistemas de emergencia y no pudo. Defendió su gobierno y sus decisiones, pero aún quedan dudas. ¿Había una incapacidad gubernamental de admitir la dimensión de la tragedia? ¿Es posible que si la presidenta de Chile no tiene un teléfono no tenga forma de comunicarse? ¿Fue Bachelet mal asesorada a la hora de la verdad?
Las bendiciones caen del lado del presidente electo, Sebastián Piñera. Porque si bien su gran plan maestro para hacer de Chile el “mejor país del mundo” —cita directa— se ha terminado, este terremoto le ha permitido desligarse explícitamente de todas sus principales promesas de campaña. ¿Un millón de empleos? Olvídenlo. ¿Seis por ciento de crecimiento anual? Imposible. ¿Vender mis acciones de LAN? ¡Suspendido hasta nuevo aviso! Ha dicho que pasarán tres años —de cuatro que durará su gobierno— dedicado a la “reconstrucción nacional”, como si todo el país se hubiera destruido. Nadie le podrá echar nada en cara, ya que ni le tocó enfrentar la emergencia ni sigue siendo reclamable su promesa política.
Hay otro gran perjudicado: el modelo chileno. Tan alabado por la centro derecha, tan aplaudido por el FMI, el modelo chileno demostró que ha fallado en lo más importante: su humanidad.
Un sociólogo chileno explicaba por qué en Valparaíso no hubo saqueos mientras que en Concepción sí: Valparaíso es de las últimas ciudades compuestas de barrios, dónde la gente compra en la tienda de la esquina y conoce al tendero. Donde los vecinos se reconocen y se respetan, pueden abastecerse sin robarse. En Concepción se empezó saqueando a los grandes almacenes de dueños anónimos por ciudadanos hambrientos. Pronto los saqueos dejaron de ser alimenticios y se volvieron delincuenciales: pantallas de plasma, computadoras, refrigeradores. No tardó mucho en generarse la sensación de que era tierra de nadie y grupos de criminales empezaron a saquear hogares. Vecinos aterrados se armaron y organizaron grupos de vigilancia cuasi-paramilitar.
Si uno veía los medios chilenos, estaría listo para ser avasallado por las gigantescas mareas de lúmpenes. Aunque los casos fueron aislados —y totalmente condenables— no tardó en escucharse el viejo grito derechista: “la izquierda dejó la cagada y los milicos tienen que arreglarlo”.
La prensa echó toda la leña al asador: rumores de Twitter (¡Twitter!) hablaban de saqueos en el centro de Santiago y la prensa lo presentó como un hecho verificado. Resultado: pánico en las calles de esta ciudad.
La debilidad del modelo es haber creado un país que genera riqueza pero no la distribuye con justicia, en la que hay una enorme clase media baja sin posibilidades de ascenso social, donde el clasismo es ley y donde tener cosas es el único valor. El individualismo es la regla y el vecindario un recuerdo.
Chile se recuperará y lo hará pronto. Tiene recursos y las donaciones están fluyendo. Es un país organizado y el temblor pasará. Pero cuando pase habrá que mirar al vecino y preguntarse, con honestidad, si no hay algo que ha salido mal aquí.Si no ha habido una pérdida de la solidaridad, de la humildad, de la ética, de la justicia y si es posible que la prensa siga siendo esclava de los intereses económicos.
Cuando pase el temblor, habrá mucho que pensar.
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