La intención original de esta columna era destacar el éxito diplomático de México, que el martes pasado fue escenario del nacimiento de una Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, constituida como el primer intento serio de crear una unión política regional sin la presencia intimidante de Estados Unidos.
Habría escrito que en el Caribe mexicano se habló incluso de caminar hacia una integración política siguiendo el modelo de la Unión Europea y que el propio Lula da Silva se mostró dispuesto a compartir su liderazgo regional con Felipe Calderón, animándolo a “mirar al sur” y sellar una alianza estratégica entre Brasil y México. Me imaginaba ya un eje Brasilia-México, sobre el cual se gestaría una futura potencia económica y política latinoamericana, de igual manera que sobre el eje Berlín-París se articuló la Unión Europea.
Andaba, en fin, plantando ya los cimientos de la “casa común” latinoamericana, esa que nació no para enfrentarse a Washington, pero sí para recordarle que, a fin de cuentas, el nuevo bloque regional es culpa en gran parte de años de abandono e indiferencia del vecino del norte, cuando de repente estalló con toda su brutalidad la realidad: el mismo día que se daban abrazos fraternales todos los jefes de Estado de la región —incluido el presidente de Cuba, Raúl Castro; excluido el nuevo mandatario hondureño, Porfirio Lobo— moría el preso político cubano Orlando Zapata, tras pasar 85 días en huelga de hambre sin que el régimen comunista, que le impuso 36 años de cárcel por exigir democracia, hiciera nada por salvar su vida.
Todo esto, además, coincidiendo con un informe demoledor de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que denunciaba que Hugo Chávez usa sistemáticamente todos los poderes del Estado para reprimir y perseguir a los que se opongan a sus planes de perpetuarse en el poder y a su idea de implantar un modelo socialista autoritario en Venezuela.
Ante este imprevisto y dramático desenlace de una vida desperdiciada podría haber retocado la columna original destacando que el recién nacido bloque latinoamericano se estrenó con la difícil tarea, pero absolutamente necesaria, de hablar con una sola voz para condenar sin paliativos un crimen que el régimen castrista podría haber evitado, pero que no quiso para dar ejemplo de quién manda en Cuba y de qué les ocurre a los que se oponen; podría también haber destacado en la columna la profunda preocupación de los mandatarios de la región por la deriva autoritaria de Chávez en Venezuela y haberla rematado con el envío por estos mismos líderes latinoamericanos de un mensaje de apoyo a los perseguidos en Cuba y Venezuela del tipo “nos les dejaremos solos”, de igual manera que en su momento casi todos condenaron la persecución de disidentes en Irán; de todo esto podría haber escrito de no haber asistido estupefacto a la reacción de los mandatarios de nuestro hemisferio ante lo sucedido: el ignominioso silencio ante los graves atropellos a los derechos humanos bajo un régimen al que se niegan a llamar dictadura y a cuyo líder no sólo reverencian (no hay más que ver la cara de felicidad de Lula junto a Fidel, un día después de la muerte del preso político), sino que algunos desean copiar como modelo de gobierno (Chávez en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua).
Por tanto, la venganza póstuma de Orlando Zapata es haber muerto el mismo día del retrato de familia de Playa del Carmen, estropeando la idílica postal, con fondo de aguas turquesas y presidentes en guayaberas, con su foto casi borrosa y su rostro de “mártir” de apenas 37 años.
Mientras los líderes de la región cierren los ojos a la evidencia y se aferren al mito de que las dictaduras son de derechas y las revoluciones son de izquierdas, aunque los disidentes de ambos regímenes paguen con igual dureza, no tendrán legitimidad para crear un bloque político donde alaben, como siempre hacen, las virtudes de la democracia y las libertades de los ciudadanos, cuando la realidad, no sólo en Cuba y Venezuela, sino en prácticamente todas las naciones latinoamericanas, es mucho más amarga.
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