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De goles a goles en la política mundial

Platea Internacional

Guillermo Puente Ordorica


Hablar de futbol casi sin excepción lleva a hablar de política y literatura. Dicen los entendidos que un buen futbolista es como un Don Quijote, ya que en los grandes futbolistas encontramos como en los poetas o en los grandes novelistas una idea visionaria en la cabeza. Más aún, sostienen que los aficionados de prosapia son comparables a los narradores de los mitos homéricos que perpetuaron la tradición oral de la gran literatura de las epopeyas griegas.

En términos de política, se asegura que la “esclerosis democrática” a la que conduce el paralizante “temor a no triunfar” que prevalece en el futbol contemporáneo constituye no sólo una metáfora comparativa, sino un ensayo que combina historia y evolución de los sistemas políticos democráticos.

Casi es Perogrullo sostener que el futbol contiene un lenguaje universal que se entiende y se explica de muchos modos, aunque su unidad de juego y reglas sea común a todos, y que una Copa Mundial equivale a una cumbre al más alto nivel de la política internacional con 32 naciones representadas con sus mejores escuadras futboleras. Al final, como si fuera una reunión cumbre, se estaría adoptando un comunicado final en el que se reflejará el esfuerzo colectivo de naciones y regiones enteras del mundo, reconociendo el enorme acuerdo construido a su alrededor por y para millones de personas y países.

La Copa Mundial de 2010 nos espera con al menos un par de novedades importantes. Por un lado, será la primera ocasión en que la copa se disputa en territorio africano, lo cual en algún sentido representa un regreso a los orígenes de la humanidad si aceptamos la hipótesis de que el continente africano es la cuna originaria de la especie humana. Ello por sí sólo ya debía ser una noticia para alegrar, dadas las múltiples situaciones de crisis y conflictos que aquejan a esa rica y variada región del mundo.

La segunda es que el juego inaugural será disputado por México y Sudáfrica, que representan no sólo a los equipos anfitrión y visitante, sino en un sentido más amplio un encuentro entre los equipos de dos naciones con más de una similitud histórica, política y cultural, pero sobre todo con la característica en común de pertenecer al llamado grupo de economías emergentes, con un peso regional e internacional en creciente evolución, y que por ello están varios pasos más allá del mundo en desarrollo, entendido en sus términos convencionales, pero también varios pasos antes de llegar a un estadio (no de futbol) sino de desarrollo, generación y distribución de riqueza comparables a los países desarrollados.

México y Sudáfrica son dos países que se distinguen por su presencia cada vez más relevante en las relaciones internacionales y que han asumido el liderazgo en sus regiones.  Son interlocutores válidos entre ambas latitudes del hemisferio (de ricos y pobres), o entre el norte y sur, como gustan denominarlo las corrientes desarrollistas. En ese sentido, sus políticas internacionales han buscado situar a sus países como articuladores de ese diálogo y en la construcción de acuerdos y entendimientos que puedan acercar las posiciones tan lejanas en muchas ocasiones, entre las llamadas grandes potencias mundiales y los países pobres, aunque en términos de política no se correspondan necesariamente con las potencias futbolísticas, pero que sin embargo buscan, por decirlo en jerga canchera, subirle el nivel a los que vienen abajo. A una escala más global, ambos países han buscado ampliar y formalizar el diálogo político en varios temas de la agenda global con los países más industrializados que pertenecen al Grupo de los Ocho, junto con otros países prominentes del denominado bloque emergente como Brasil, India y China.

En 18 copas mundiales celebradas desde 1930 solamente 7 países —de Europa y Sudamérica— han logrado conquistarla.  En alguna ocasión el legendario Pelé señaló que un país africano ganaría el Mundial al entrar el siglo XXI. Se ve muy difícil que ese primer país pueda ser Sudáfrica. De hecho, los especialistas sugieren que esta copa podría ser la primera en que el anfitrión no logra calificar a la segunda ronda; pero más allá de su nivel de juego, lo cierto es que el certamen tiene una clara intención política: afianzar una imagen de un país unificado si bien diverso, revirtiendo las percepciones de definen a la nación como un lugar de conflicto y padecimientos.

De parte de México, son de sobra conocidas entre nosotros las capacidades y limitaciones de la selección, aunque siempre es importante albergar la esperanza de que se puede hacer mucho más que en pasadas ocasiones. La suerte de ninguna de las dos escuadras está echada, pero sería magnífico ver un partido épico entre dos naciones que representan al sur, con aspiraciones de seguir creciendo, y que pudieran seguir su curso hacia las finales.  Ninguno de los dos equipos son favoritos para ganar el Mundial, pero ya en 1930 y 1950 un país chico, a la sazón rival de grupo (Uruguay), logró escribir gloriosas páginas en la historia del futbol al coronarse campeón. En ese 1930, por cierto, Francia derrotó a México por 4 a 1 en el partido inaugural; en 1954 derrotó al equipo mexicano por diferencia de un gol y en 1966 empataron a un tanto. De derrotar a Francia y a la garra charrúa, ambos (México y Sudáfrica) tendrían asegurado su pase a la siguiente ronda, al tiempo de que podrían mostrar que en ocasiones el deporte se asemeja a la política y que sólo con resultados efectivos se gana prestigio e importancia.

Si acaso concluir coincidiendo con el maestro Vladimir Dimitrijevic para quien la vida misma es un balón redondo.

gpuenteo@hotmail.com

Escrito por en 8 junio 2010. Archivado en * Info • Lente,Guillermo Puente Ordorica. Puede seguir cualquier respuesta a esta nota con RSS 2.0. Puede dejar una respuesta o un trackback a esta nota

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