Platea Internacional
Guillermo Puente Ordorica
Algunas señales apuntan a que en el 2010 la economía estadounidense, y en general la economía internacional, detendrá su deterioro y crecerá a ritmos moderados, lo cual será suficiente, a decir de algunos especialistas y tomadores de decisiones, para revertir el índice de desempleo si bien a un ritmo mucho menor del que sería deseable. En contrapartida, otras voces sostienen que, por el contrario, existe el riesgo de que el desempleo aumente, e incluso aún en el caso de una posible reducción, preguntan cuáles serían las razones para que la Reserva Federal estadounidense no dé pasos más decisivos para combatir el desempleo de una manera más decidida y expedita.
Persisten dudas fundadas sobre los beneficios reales de un crecimiento moderado de la economía en términos de empleo, toda vez que es evidente que a la pérdida de puestos de trabajo en el sistema económico estadounidense desde el inicio de la recesión –cifra que se sitúa por encima de los ocho millones– se suma el problema de que el aparato productivo necesita crear alrededor de más de cien mil empleos mensuales para dar cabida a las demandas de una población en crecimiento, y que ya ha sido fuertemente afectada en años anteriores.
Las opiniones asociadas a este planteamiento estiman que de no adoptarse medidas adecuadas, más allá de los cálculos optimistas, ciertamente conservadores, se estará muy lejos de una política de pleno empleo. Incluso se maneja el argumento de que tales señales solamente son positivas si se toma en consideración la profundidad y la severidad de la crisis económica internacional, que ha tenido efectos depresivos de fuerte magnitud. Por ejemplo, el informe laboral mensual estadunidense, que fue dado a conocer a inicios de este mes de diciembre, en torno a que en noviembre la cifra de pérdida de empleo se había situado en once mil, la más baja desde el inicio de la recesión económica en ese país.
Ello pone en perspectiva las cosas y el verdadero significado de un crecimiento económico moderado frente a la necesidad de perseguir el pleno empleo, en beneficio de una sociedad que se ha visto afectada por este fenómeno y que requiere de esfuerzos más ambiciosos y comprometidos.
En esa medida, parece claro que las energías gubernamentales y del sector privado estadounidense debían enfocarse a la creación de puestos laborales con mayor ímpetu. Sin embargo, el problema tiene un matiz político que no necesariamente permite el acompañamiento de estas ideas. En el fondo, persiste un debate asociado a los diferentes enfoques relacionados con las posiciones descritas en los párrafos anteriores, y que mantiene divididos a la opinión pública, los especialistas y a los partidos políticos. Cosa de observar las discusiones que han transcurrido en estos días en el Poder Legislativo estadunidense.
Así, ha quedado en evidencia tanto con la aprobación del paquete fiscal de la administración Obama, que se quedó por detrás de las necesidades reales de la economía para promover una recuperación decidida y pronta, o bien con la nueva legislación para regular los mercados financieros que introduce un cuerpo normativo muy tímido que parecería no reflejar la gravedad de los factores y de la situación que permitió la especulación y la irresponsabilidad que alimentaron los mercados financieros hasta su colapso reciente.
Para ciertos economistas, como Paul Krugman, una de las posibles respuestas para revertir esa situación y alentar el empleo, además de que el gobierno debería promover una segundo paquete fiscal de mayor amplitud, sería que la Reserva Federal expandiera el crédito y utilizar sus capacidades en ese sentido a su máxima capacidad, con el fin de fomentar el crecimiento a niveles más acelerados.
A esa lógica se imponen razones políticas e ideológicas de peso. Ciertos grupos no son favorables al activismo, ni a la intervención gubernamental; tampoco algunos especialistas recomiendan correr riesgos que impliquen el regreso a situaciones pasadas, como la experimentada en la década de los setenta, en la que la economía entró en depresión y la inflación se disparó a niveles muy elevados, contribuyendo al desarrollo del fenómeno de estanflación que caracterizó ese periodo.
Como hemos sugerido en esta columna en repetidas ocasiones, parece evidente que el edificio intelectual del mercado libre y racional se colapsó con el inicio de la gran crisis iniciada hace unos años, pero que más allá de esa aseveración los efectos económicos han sido contundentes a lo largo del mundo tanto en lo que se refiere a la pérdida de empleos y disminución del ahorro como de la restricción de capital para el desarrollo como consecuencia de ello.
Se requieren esfuerzos más contundentes para impulsar un nivel adecuado de empleos, entendido como la compensación entre lo que se ha perdido en virtud de la crisis contemporánea, con el índice de lo que se ha dejado de crear debido a la recesión; esto es, atajar la amarga combinación de pérdida con rezago en materia laboral. Detrás de esa disyuntiva está el dilema de la racionalidad y la libertad de los mercados frente a la posibilidad de la intervención gubernamental para su regulación, con el fin de corregir o reencauzar sus defectos en favor del bien común. Existen argumentos válidos y vigentes para suponer que se requiere de una amplia y profunda reflexión sobre la pretendida libertad del mercado y la racionalidad del comportamiento de sus actores privados, y de si esos conceptos pueden permanecer como eje neurálgico del funcionamiento de la economía.








