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De la época dorada del mercado a la incertidumbre de la crisis (2)

Platea Internacional

Guillermo Puente Ordorica


wawis_Lehman_Brothers_Times_SquareCuando la práctica se distancia de la teoría, de la creación de las ideas y la reflexión se corre el riesgo de caer en la banalización de las cosas y en el error de que no existe mejor opción que reducirlo todo a la ganancia inmediata y fácil. Ni qué decir de la repetición de errores que la historia enseña a no repetir, valga la redundancia.

Hace unas semanas, en el corazón mismo de Wall Street el presidente Obama se dirigió a una audiencia integrada fundamentalmente por eminentes miembros del mundo financiero estadunidense. Fue un discurso plagado de buenas intenciones, pero cuyo principal valor es que apuntó precisamente en el sentido en el que sería deseable que toda la maquinaria de control y regulación de los flujos económicos y financieros a lo largo del mundo, se dirigiera. No es difícil imaginar las expresiones que pudieron haber generado, entre la distinguida asistencia, algunas de las ideas centrales delineadas en ese discurso del mandatario estadunidense cuando afirmaba, por ejemplo, palabras más, palabras menos, que su gobierno no permitirá el regreso a los días de comportamiento irresponsable y excesos sin verificación, los cuales se mantuvieron en el centro de la crisis en la que muchos estuvieron motivados solamente por el apetito de la ganancia fácil. Tarea nada sencilla, pero que requiere que el interlocutor tenga no solamente la visión de estadista sino que cuente con la legitimidad y la fuerza política para poder hablarle de frente a un segmento tan influyente de la sociedad.

De acuerdo con la tesis discursiva de Obama, esos objetivos requieren de la creación de un sistema de regulación que pueda verificar a todas las instituciones financieras, y que tenga la capacidad suficiente como para emprender acciones preventivas ante potenciales problemas que presenten las corporaciones, a fin de evitar que afecten al resto del conjunto del sistema. En corto, un mecanismo de alerta temprana e intervención rápida. También llamó a crear una nueva entidad encargada de la protección del consumidor financiero.

El mensaje, lleno de simbolismos para recordar o más bien evitar olvidar la historia del fracaso cuando hace un año la caída de la firma Lehman Brothers dio inicio a una crisis financiera en gran escala, encierra el propósito de subrayar que el tiempo corre en contra de la importancia de legislar para reformar la arquitectura que permitió el colapso. El objetivo central parece ser el de edificar una autoridad que pueda manejar las fallas institucionales y estructurales para impedir la repetición del caos generalizado, cuyos efectos agudizados fueron observados con mayor nitidez a partir del año pasado.

No debe ser fácil para un mandatario dirigirse a la élite empresarial y financiera de su país y, en sentido metafórico, hacer un llamado a todos aquellos que mantienen una deuda con el pueblo estadunidense y sugerir, además, que para incentivar la recuperación económica del país se hacen necesarias mayores reformas y regulación por parte de la autoridad. En el fondo, y a riesgo de simplificar, ello querría decir que el mercado libre, para seguir siendo libre, debe ser monitoreado, pues en realidad la mano invisible de las fuerzas del mercado adolece de la perfección que la teoría económica ortodoxa le ha conferido. Parece una gran contradicción, pero precisamente en ello subyace el complejo debate teórico que se ha incrementado con el aparente fin de la época dorada del mercado, como se ha insistido en este espacio.

Ante la gravedad y alcance de la crisis, los economistas más ortodoxos parecen coincidir con aquellos relativamente más críticos en torno a que el sistema de regulación falló, específicamente la Reserva Federal, debido a la creencia de que las fuerzas del mercado, por sí mismas, aislarían a la sociedad de los riesgos financieros excesivos. De ello, algunos críticos culpan a Alan Greenspan, notable y famoso titular de la Reserva por casi 20 años, entre 1987 y 2006, bajo el argumento de que se sobreestimó el valor de las fuerzas competitivas del mercado. Sin embargo, algunos sostienen que siendo esencialmente ello el problema respecto de la intervención errónea del gobierno en el mercado, la crisis no ocurrió por una caída de la competitividad sino que fue alimentada por su creciente fuerza, es decir, que el diagnóstico de la enfermedad es correcto, pero no el de los síntomas de la misma, lo cual abre espacios importantes para el debate teórico con relación a los paradigmas sobre los que se ha estructurado la economía global contemporánea.

De manera similar, aunque en otra vertiente, algunos especialistas apuntan que los reguladores, es decir, la Reserva Federal, intervino adecuadamente conforme a los instrumentos a su alcance y de la única manera que sabía hacerlo: bajar las tasas de interés. De manera que ante el agudizamiento de la crisis, la Reserva intervino para bajarlas al máximo posible, esto es a cero, pero cero ya no era suficiente, por irónico que parezca, para evitar el colapso.

Detrás de esas críticas se advierten los cimientos del debate que se ha abierto con esta coyuntura de crisis, con una perspectiva de largo plazo, y que ocupará a los expertos en el tema, toda vez que trastoca los postulados principales que han dominado la teoría y la práctica económica contemporánea y que darán vigencia al añejo problema de la relación entre el Estado y el mercado. Seguiremos sobando el tema en siguientes columnas.

gpuenteo@hotmail.com

Escrito por en 29 septiembre 2009. Archivado en * Info • Lente,Guillermo Puente Ordorica. Puede seguir cualquier respuesta a esta nota con RSS 2.0. Puede dejar una respuesta o un trackback a esta nota

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