17 • 12 • 2009
Son las doce del mediodía de este miércoles 16 de diciembre del 2009. Está cayendo en Copenhague la segunda gran nevada de la temporada invernal. El cielo está oscuro desde la mañana. El viento te corta las orejas y la nariz. Está inhóspito. Luchas contra el viento que te parte la cara. Estás solo contigo mismo.
El ambiente está muy tenso, la policía danesa está cada vez más intolerante, pero los grupos globalifóbicos cada vez más organizados, más rebeldes. Es evidente que tienen buen financiamiento (mejor que el yo conseguí para estar aquí). Y no es para menos, los grupos radikalinskis provocan abiertamente la represión. Quieren a todas luces la foto en primera plana del joven activista ensangrentado, golpeado por los “esbirros” del capitalismo inhumano.
No están dispuestos a discutir las cifras reales de la economía de cada uno de los países. Por primera vez, aquí en el Bella Center de Copenhague, el mundo se quedó en suspenso: No avanzan las negociaciones sobre el Cambio Climático, en ninguna de las dos pistas en las que se está definiendo el destino de la humanidad, por una lado la Convención Marco sobre Cambio Climático (la Ley de Naciones Unidas) y por el otro el Protocolo de Kioto (el reglamento a la ley).
Por lógica humana simple, la Convención lleva un ritmo lentísimo (imagínese usted, querida, querido lector), para poner de acuerdo a 193 países. Ayer en la madrugada, después de negociar de las seis de la tarde a las siete de la mañana del día siguiente (ahora pienso que similar a la depuración anímica en el coaching coercitivo), no se llegó al consenso necesario, y las negociaciones se desbarrancaron. El centro de la discusión se centró en la transferencia de fondos para llevar a los países en vías de desarrollo a un crecimiento limpio de su oferta energética. Suena bien, ¿verdad? Pues no, los cuatro grandes emergentes, ya sin México, afortunadamente, insisten en que debe haber primero una reducción del cuarenta y cinco por ciento e las emisiones de los países desarrollados para pensar a sentarse a discutir. Esto es a todas luces inadmisible, y desde mi punto de vista, obedece a los intereses de la industria del petróleo, que quiere ganar algunos años para lograr su propia transferencia hacia nuevos tipos de energía. No sé si el planeta dispone de esos años.
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