El primer discurso de Barack Obama sobre el Estado de la Unión, el que delinea cuál será la hoja de ruta de su gobierno durante su segundo año de mandato, ha sido una especie de sesión de espiritismo, en el que el “presidente-médium” invocó al espíritu de Ronald Reagan ante una nación en estado de profunda ansiedad, provocada por la imparable destrucción de puestos de trabajo, las dificultades de miles de familias por pagar cada mes la hipoteca de la casa, la frustración de emprendedores que no encuentran un banco que les facilite un crédito para poner un negocio en marcha o sacarlo a flote, o la llegada constante de ataúdes de guerras que no parecen que vayan a ser ganadas.
El mensaje del presidente de EU el miércoles por la noche fue el siguiente: “El 2009 que hemos dejado atrás ha sido de los peores años de nuestra historia, pero confíen en mí, nunca he sido más optimista que esta noche sobre el futuro de Estados Unidos; no me rindo, no dejemos que el miedo debilite nuestro espíritu, bla, bla, bla…”.
El objetivo de Obama fue obvio: hacer recordar a los estadounidenses que también Reagan, agobiado como él por una crisis económica que lo hundía en las encuestas, pidió al pueblo en su primer discurso a la nación, en enero de 1982, que no lo abandonara, que había heredado una pesada carga de su antecesor (Jimmy Carter) y que confiara en sus reformas. Un año más tarde, el país crecía ya con fuerza y en noviembre de 1984 no sólo fue reelecto sino que cosechó una de las victorias más aplastantes de la historia de EU, humillando a Walter Mondale con una victoria en 49 de 50 estados, excepto en Minessota, tierra natal del candidato demócrata.
Obama recibió un legado de su antecesor (George W. Bush) mucho más desastroso que Reagan, con dos frentes de guerra abiertos, un déficit galopante y la peor crisis económica en 80 años, pero posee el mismo don carismático, casi hipnotizador, que tenía el fallecido actor reconvertido en político, y al igual que él, una proyecto revolucionario, si bien radicalmente diferente: el del republicano fue neoconservador, mientras que el que pretende el demócrata es claramente progresista (“socialista” para sus adversarios).
Embebido, pues, en este espíritu de resistencia ante la adversidad surgió el Obama luchador y combativo que proclama que no dejará abandonados a los estadunidenses que no tienen seguro y que su prioridad absoluta será la creación de puestos de trabajo y rescatar la golpeada clase media; en otras palabras, que no renunciará a una reforma sanitaria (aunque salga descafeinada de la criba congresista) y que reactivará la economía mediante una reforma financiera, aunque para ello tenga que enfrentarse al sector más inmovilista republicano y a los poderosos de Wall Street que se niegan a perder privilegios. De hecho, las palabras del presidente llevaban implícitas una seria advertencia a la oposición republicana: si tienen un plan mejor, de salud, de recuperación económica o de rebaja del déficit, pónganlo sobre la mesa, si no, dejen de torpedear sus intentos de hacer reformas que considera necesarias.
Obama necesitaba bajarse de la nube a la que lo subieron, impulsado por la leyenda de convertirse en el primer presidente negro de EU y de venderse como el “terminator” que derribaría toda la maquinaria belicista y neoconservadora de Bush. Como destaca un analista de El País, el problema es que “la poesía funciona bien en la campaña, pero para gobernar es indispensable la prosa”.
En su solemne discurso dejó ver que ya está aterrizando con propuestas más realistas, sin renunciar a su espíritu de cambio, por el que fue votado, pero sin lanzar al viento promesas imposibles, como la de cerrar Guantánamo en su primer año de mandato.
El discurso de Obama sin duda gustará a la clase media y hará que suba su popularidad, pero disgustará al ala izquierdista demócrata, que le pedía que no se “centrará” y siguiera apostando, contra viento y marea, por reformas más radicales.
Pero de nuevo será la comunidad latina la más decepcionada, al menos en su sueño de transformar la marea de votos que dieron la victoria al joven candidato demócrata en una apuesta rápida de éste por la ansiada reforma migratoria, con la que se pretende sacar a millones de trabajadores de la ilegalidad. La reforma migratoria, ya ha dicho el mandatario, tendrá que esperar mejores tiempos, al menos hasta que se estabilice la economía nacional y se frene en seco la destrucción de empleo.
Así que, una palabra para resumir lo que Obama ha pedido a toda la nación: paciencia (la misma que en su día pidió Reagan).
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