
Segunda versión a "Tres estudios con figuras en base a una crucifixión" de 1944 / 1988 / Francis Bacon
Desde donde uno lo vea, ha sido un craso error. Tanto en el fondo como en la forma —aunque más en la forma— las declaraciones del cardenal Juan Sandoval fueron un verdadero balazo en el pie, uno que todo el Episcopado mexicano recibió gustosamente.
Cada día, conforme el conservadurismo pierde terreno y leales en México, vemos cómo los ultras se radicalizan y afianzan en sus trincheras. Vemos como la negación y la hipocresía —cualidades indispensables para ser ultra— se exacerban, convirtiendo a sus representantes en caricaturas de sí mismos.
Sandoval Íñiguez cayó en su propia trampa y se volvió un chiste mal contado al defender sus convicciones —erróneas, pero válidas— recurriendo al insulto, la ofensa y, más grave, la difamación. Pero más allá del mero arranque demencial respecto a los matrimonios y adopciones por parte de parejas homosexuales, que era bastante predecible, me llaman la atención un par de elementos de la respuesta de Hugo Valdemar, su vocero.
En primer lugar, es muy interesante la decisión estratégica de tratar de convertirse en víctimas de una agresión cuando está clarísimo que fue el mismo Sandoval quien inició la ofensiva. Esa es la tirada al declarar que es una “nueva persecución religiosa” y que se está atentando contra su libertad.
Porque si algo está claro es que la libertad de expresión tiene un límite: la difamación. Uno puede opinar lo que quiera, pero acusar a otro es muy distinto y Sandoval lo sabe. Tanto, que incluso su genial vocero aseguró que existían pruebas de la “maiceada”, que por supuesto no han sido mostradas.
En su profundo enredo ideológico, Valdemar comete la imprudencia de decir que “Es preocupante que un gobernante que está sometido a la observación, escrutinio y crítica de sus gobernados, no soporte una crítica y use todo el aparato de poder para reprimir a dos ciudadanos (él mismo y Sandoval). Eso sólo lo hicieron los dictadores como (Augusto) Pinochet y Francisco Franco…”.
¿Pinochet y Franco? ¿Se olvida Valdemar que la Iglesia católica fue no sólo aliada sino profunda beneficiada de esos dos regímenes? Muy en particular de la dictadura franquista, que durante casi 40 años convirtió a España en una especie de teocracia totalitaria, pero también con el pinochetismo. Porque si bien hubo sectores de la iglesia que refugiaron a perseguidos políticos y religiosos que trabajaron arduamente por la transición, la Iglesia Católica de Chile respaldó —y aún respalda— a la derecha más reaccionaria y pinochetista. Aún hoy la elite católica de Chile y de España reivindica su relación con los dictadores genocidas que Valdemar usa como ejemplos de la intolerancia.
Esta Iglesia, que alega que su mensaje es el amor y la manga del muerto, no sólo padece esos pecados del pasado: los escandalosos casos de abuso sexual contra niños y niñas por parte de curas han mermado profundamente la autoridad moral de la Iglesia para erigirse como la Gran Casa de los Valores, y no sólo por el abuso en sí. Más que nada, por la sistemática, consciente y terrible decisión de que convenía más proteger a los pederastas que entregarlos a la justicia.
Dijo Sandoval que nadie querría ser adoptado por un “maricón”. ¿Pero vivir en un orfanato católico y ser vejado sistemáticamente por los curas es más deseable? Es muy difícil para la Iglesia construir un discurso de víctima después de tanto daño cometido, y eso es un error estratégico comunicacional.
El segundo punto relevante es la trasnochada tentación cristera. Valdemar dijo que, además de que “los diputados y gobernantes se han vuelto un instrumento del maligno (¡El Demonio!) al aprobar leyes que generan el desorden moral y lesionan a la sociedad…”, la actitud de Ebrard “desataría una guerra en el país”.
No es de sorprender que existan sectores que acaricien la noción de que con una segunda guerra cristera se podría imponer la convicción católica sobre la civil. Ese ha sido el sueño opresivo que llevó a la Iglesia a aliarse con dictaduras derechistas, con la esperanza de ilegalizar otras religiones. Ese ha sido, sobra decirlo, otro de los catastróficos errores de esa institución. Porque no hay nada más contradictorio con el discurso de “Dios es amor” que la salvaje intolerancia que hoy caracteriza a la Iglesia, auque no a los católicos en general.
Pero amenazar con una guerra es tan irresponsable como delirante. Con la sangre de la gente no se juega, y es terrible jugar a la revuelta sabiendo que hay grupos que podrían tomarlo en serio. De haber brotes de violencia religiosa, Valdemar se mancharía las manos de sangre. Felizmente, no hay mayores posibilidades de que eso pase.
Pero es delirante por otra razón: la última vez que la Iglesia le declaró la guerra al Estado… perdió.
Por eso es un craso error.
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