Es de lo que más se habla en Oriente Medio: de paz. Shalom, dicen los judíos; salam, dicen los árabes; todos se saludan dándose la paz, pero mucho me temo que no es la prioridad ni de los palestinos, que aspiran a la creación de su propio Estado y no renuncian para ello a la lucha armada (ayer mismo hubo un muerto en un kibutz en territorio israelí por el lanzamiento de un cohete desde Gaza), y ni mucho menos es la prioridad de los israelíes, que ya tienen Estado propio, que tienen todas las armas del mundo para repeler cualquier ataque palestino (lo harán seguro inmediatamente, en respuesta al ataque desde la franja) y que, además, intentarán quedarse con lo que puedan de los territorios ocupados, con una política de hechos consumados mediante la construcción imparable de asentamientos judíos. Hay, de hecho, tantas colonias judías en Cisjordania que, punteadas sobre un mapa, ese pequeño territorio en la ribera occidental del río Jordán asemejaría más a un queso gruyere que a la región principal del futuro Estado palestino.
En cuanto al otro ghetto palestino, Gaza, el gobierno del primer ministro israelí Ariel Sharon decidió retirarse en el verano de 2005, pero las imágenes de los pocos colonos judíos que vivían allí apedreando a los soldados israelíes y aferrándose dramáticamente con sus hijos a sus casas, construidas en esa franja de tierra estéril, que más parece una ratonera hacinada de palestinos que otra cosa, dan una idea de la guerra que estallaría ante cualquier acuerdo palestino-israelí que pasase por el desmantelamiento de las colonias de Cisjordania, mucho más numerosas, pobladas y armadas; asentadas, además, en un territorio más fértil y estratégico que Gaza, y para colmo lleno de reminiscencias bíblicas (de hecho, los judíos llaman a Cisjordania Judea y Samaria).
Pero si la cuestión de los asentamientos judíos en Cisjordania es una papa caliente dentro del sufrido, interminable e inútil proceso de paz de Oriente Medio, la construcción de nuevos barrios judíos en Jerusalén Este, ocupada también por Israel tras ganar la Guerra de los Seis Días a los árabes, en 1967, es intolerable para los palestinos.
Los negociadores del presidente Mahmud Abás no se sentarán a negociar nada si no se pone sobre la mesa la exigencia de que Jerusalén Este sea la capital del futuro Estado palestino; a fin de cuentas, allí está la Explanada de las Mezquitas y su vistosa cúpula dorada (tercer lugar sagrado del Islam). Del otro lado, el gobierno de Netanyahu advierte que Jerusalén es indivisible y es la capital eterna de Israel y los judíos; a fin de cuentas, en la ocupada (y anexionada) Jerusalén Este está también el Muro de las Lamentaciones (lo que queda del destruido Segundo Templo y primer lugar sagrado del judaísmo). Demasiados lugares sagrados (o malditos, según se vea) como para que ambos pueblos se pongan de acuerdo y vivan por fin en paz.
Todo esto viene a colación por la crisis estallada entre Israel y Estados Unidos, la mayor en 35 años, a raíz del inoportuno comentario de un funcionario del gobierno de Benjamin Netanyahu, quien en la reciente visita del vicepresidente estadunidense Joe Biden se le escapó decir que ya había luz verde para la construcción de mil 600 viviendas para judíos en Jerusalén Este. El anuncio fue sentido en Washington como una humillación, ya que el enviado de Barack Obama, George Mitchell, acababa de arrancar un compromiso a palestinos e israelíes para reanudar pláticas indirectas, y una de las condiciones impuestas por EU era mantener en la congeladora la construcción de nuevos asentamientos en los territorios ocupados.
El primer sorprendido por la inusitada dureza de la reacción de Obama fue el propio Netanyahu, quien declaró que Israel seguirá construyendo en Jerusalén Este y en Cisjordania “como lo ha venido haciendo desde hace 42 años” (sólo le faltó añadir: “como han permitido todos los presidentes estadundienses todo este tiempo, que para eso reciben el apoyo de los poderosos grupos de presión judío-estadunidenses”).
Así pues, llegamos al punto de partida de este interminable círculo vicioso de Oriente Medio: los israelíes ofrecen a los palestinos la ratonera de Gaza y un queso gruyere de territorio en Cisjordania, para que levanten como puedan su Estado; eso sí, a cambio de garantías de que acabarán los ataques a su territorio, que no regresen los millones de refugiados de la diáspora palestina y que Jerusalén no sea compartida; y los palestinos, que tienen todas la de perder, rechazarán esta paz impuesta e imposible, alimentando así la frustración de muchos jóvenes que sólo ven la salida del radicalismo y la venganza.
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