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La crisis de la economía internacional desde una perspectiva teórica (2)

Platea Internacional

Guillermo Puente Ordorica


wawis_guillermo_puente_ordorica_platea_internacional_071209Con el trasfondo de la crisis económica internacional de la década de los setenta en el siglo XX, el debate intelectual sobre el manejo de la economía comenzó a ser dominado por la teoría del mercado eficiente promulgada, entre otros, por académicos como Eugene Fama. Para la década siguiente, especialistas como Michael Jensen argumentaban que dado que los mercados financieros siempre desarrollan los precios correctos, lo mejor que podían hacer las corporaciones era maximizar los precios de sus acciones en beneficio propio y de la economía en general. Los economistas financieros creían que se debía poner el capital de desarrollo de una nación en manos de los mercados financieros; justamente lo que Keynes consideraba una pésima idea.

Para Paul Krugman, es difícil sostener que el pensamiento económico se haya modificado exclusivamente por acontecimientos de la economía internacional, pero parece indudable que sí tuvieron un impacto en sus conceptualizaciones. Entre 1973 y 1974 las acciones financieras perdieron 48% de su valor, y en 1987, cuando el mercado de valores se colapsó al perder el índice Dow Jones casi 23 por ciento en un solo día sin razones claras, podrían ser eventos suficientes para haber dado motivos a una reflexión crítica sobre las hipótesis de la racionalidad del mercado. Sabemos ahora que no sucedió de esa manera. Estas corrientes de pensamiento, por el contrario, siguieron avanzando en su influencia. No sin ironía, Krugman anota que el modelo teórico diseñado para explicar cómo cada inversionista busca racionalmente equilibrar los riesgos con las ganancias, es muy elegante.  El modelo conocido como Capital Asset Pricing (CAPM), por sus siglas en inglés, además de indicar cómo seleccionar el tipo de portafolio, sugiere cómo fijar los precios de los productos financieros —aún más importante para la industria financiera—. Si bien no es el lugar para analizar estos modelos, baste señalar que produjeron importantes instrumentos de apoyo estadístico a sus preceptos, difícilmente refutables en el pizarrón y en el imaginario del diseño teórico. El CAMP fue refinándose hasta llegar a complejos cálculos matemáticos y computacionales ganando adeptos en varias latitudes y el posicionamiento de sus promotores en Wall Street y otros centros de importancia financiera y política. Varios economistas dentro y fuera de la academia se adhirieron a este cuerpo de ideas, siendo un caso muy notable Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal estadunidense por varios años, activo promotor de la desregulación de los mercados financieros. Es conocida su reiterada negativa a actuar para atajar la burbuja inflacionaria inmobiliaria, la cual se explica en buena medida por su creencia en que la teoría económica moderna tiene todo bajo control. A fin de ilustrar el grado de confianza, o mejor dicho de exceso de ella, de una significativa mayoría de economistas modernos con respecto a los preceptos que se creían de absoluta certeza, recuerda que en 2005, en una conferencia en honor de Greenspan, Raghuram Rajan formuló una presentación en la que advirtió del alto nivel de riesgo al que estaba llegando el mercado financiero global y que, sin embargo, su planteamiento mereció una recepción fría y no exenta de burlas por parte de la audiencia.

No deja de ser paradójico que el propio Greenspan llegara a señalar —apenas hace un año— que era evidente que el edificio intelectual entero se había colapsado. El problema real, más allá de esa aseveración, es que la economía se colapsó como resultado de una severa crisis recesiva. Los efectos económicos han sido contundentes a lo largo del mundo tanto en lo que se refiere a la pérdida de empleos y disminución del ahorro, como la restricción de capital.

En la economía estadounidense el impacto ha sido contundente, y sólo la acción decidida del nuevo gobierno en ese país ha logrado detener una caída aún más profunda. En los próximos días tendrá lugar la que ha dado en denominarse cumbre laboral impulsada por el presidente Obama, la cual tiene como rasgo más positivo en la antesala, el dato macroeconómico de los últimos dos meses que da cuenta de un porcentaje, si bien mínimo, de menores pérdidas de sitios de trabajo. El capital político invertido por esta nueva administración estadunidense y su apuesta en favor de una cierta regulación de los mercados es tan alta que la ha obligado a proceder con cautela. Apenas unos días atrás, el presidente estadunidense admitía con serenidad que a pesar de esa cifra positiva, resta mucho por hacer para recuperar el nivel de producción de empleos, en el que se conjuga lo que se ha perdido en virtud de la crisis contemporánea, con el índice de lo que se ha dejado de crear debido a la recesión, esto es, la amarga combinación de pérdida con rezago en materia laboral.

Detrás de esa disyuntiva sigue presente el dilema de la racionalidad y la libertad de los mercados frente a la posibilidad de la intervención o regulación de los mismos, con el fin de corregir o reencauzar sus defectos en favor del bien común. A pesar de la evidencia, la disputa teórica entre los teóricos de corte keynesiano y los neoclásicos se mantiene. De 1985 a 2007, que corresponde al periodo de la llamada Gran Moderación, son años caracterizados por el control de la inflación y de recesiones relativamente menores. La crisis económica y financiera mundial a partir del término de ese periodo hizo resurgir con mayor vigor esta añeja disputa. Para especialistas como Krugman el punto nodal de esta polémica, y que desde su punto de vista favorece la visión de Keynes, es que siendo ésta la segunda ocasión en que Estados Unidos se enfrenta a una crisis de estas dimensiones, en ella subyace la imposibilidad de continuar con la misma política económica de antaño.

En una recesión normal, a grandes rasgos, lo que hace la Reserva es comprar bonos del tesoro (deuda gubernamental de corto plazo) de los bancos, a fin de que el nivel de los intereses baje, a lo cual también contribuye el que los inversionistas busquen mejores rendimientos comprando otros instrumentos; esta disminución de intereses eventualmente permite la recuperación económica. La Reserva enfrentó la crisis de los noventa bajando las tasas de interés de 9 a 3%; en 2001, de 6.5 a 1%, y en 2008 disminuyéndolas de 5.25 a cero por ciento.

En situaciones como la Depresión del 29 y la actual resulta que cero no es lo suficientemente bajo como para detener la recesión; la Reserva no puede mover más allá de esa cifra los niveles de interés. La crisis se agudiza y la política monetaria convencional es incapaz de hacer nada. Para Krugman, la teoría keynesiana ya había advertido desde su inicio que es necesario un mayor gasto gubernamental en este tipo de situaciones, cuando la política monetaria es ineficaz y no es posible persuadir al sector privado de invertir más. El sector público toma su lugar. El estímulo fiscal es la respuesta al tipo de recesión que afecta a la economía mundial contemporánea. Krugman sostiene que este razonamiento está en el fondo de la política que promueve la administración estadunidense y con la cual ha comprometido, valga la expresión, su capital político. Los dividendos no han sido redendidos todavía, y a los riesgos evidentes de esta política se aúnan las voces teóricas que suponen que la pretendida libertad del mercado y la racionalidad del comportamiento de sus actores privados permanecen como la quintaesencia del funcionamiento de la economía.

gpuenteo@hotmail.com

Escrito por en 8 diciembre 2009. Archivado en * Info • Lente,Guillermo Puente Ordorica. Puede seguir cualquier respuesta a esta nota con RSS 2.0. Puede dejar una respuesta o un trackback a esta nota

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