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La imaginación como obra política

Platea Internacional

Guillermo Puente Ordorica


Monumento fúnebre del capitalismo industrial (1943) / Juan O'Gorman

En la colaboración anterior, recordaba que José Ortega y Gasset incorporaba en su libro sobre la Rebelión de las masas, escrito en 1937, diversas reflexiones sobre la idea del Estado como una obra de imaginación, la cual representa en un sentido amplio convivencia estabilizada y constituida. Ello oculta, si bien no desaparece, el dinamismo que lo produjo y que lo sostiene.

Aceptar el planteamiento de que el Estado comienza, y también se define, como una obra imaginativa, y que es una reflexión válida en el análisis histórico, cabe preguntarse si lo que ha faltado (o sobrado) a nuestros dirigentes es precisamente imaginación como para que al cabo de dos centurias no hayamos logrado construir un Estado ejemplar, de solidez democrática, y tampoco producido una sociedad próspera y equitativa.  La conmemoración en 2010 de los movimientos de Independencia y de la Revolución de México da sobrados motivos para formular cuestionamientos y reflexionar sobre el estado de nuestro Estado.

Los procesos sociales no se caracterizan por ser lineales, y en función de ello las naciones que actualmente concebimos como obras sociales dinámicas, con altos grados de inclusividad, integración y equidad, no necesariamente fueron siempre así. Por el contrario, a través de diferentes momentos históricos pudieron haber sufrido enormes desigualdades y retrocesos políticos, económicos y sociales, al igual que profundas crisis que pudieron haber arruinado los mejores esfuerzos que les precedieron.

Pensemos, por ejemplo, sin ir muy atrás en la historia, en la España de la década de los años setenta, la cual a pesar de notables avances en su crecimiento económico por esos años y, por ende, con repercusiones sociales importantes que a la postre cambiaron la fisonomía del país, el sistema político dominado por la dictadura franquista no solamente tenía postrada a la sociedad en el atraso político, sino que no tenía la capacidad de reflejar de manera adecuada ese dinamismo social y cultural que comenzaba a surgir como consecuencia del crecimiento económico de finales de los años sesenta. Una serie de factores internos y externos se conjugó con la obra de imaginación concebida por sus distintos actores políticos y económicos, que lograron darle una nueva faceta al país y operar una de las transiciones democráticas más exitosas en el mundo. Cuatro décadas después y no exenta de problemas de diversa índole, esa España retrasada cedió su lugar a un país de reconocido prestigio político, económico, social y cultural, y con una presencia internacional decisiva.

El ejemplo viene a colación porque precisamente en la década de los años setenta, a pesar del evidente carácter autoritario de los sistemas políticos mexicano y español, era claro que el sitio de vanguardia le correspondía a México tanto por su desarrollo político, en términos comparativos, como por el tamaño de su economía y su relativo grado de mayor apertura social y cultural. No obstante, puede sugerirse que las cuatro décadas transcurridas arrojaron resultados diametralmente opuestos para ambos países. Metafórica y comparativamente podría decirse que a uno (a España) le correspondió evolucionar mientras que al otro  involucionar (México).

En 1976, los españoles iniciaron su transición política hacia la democracia, la cual fueron consolidando paulatinamente, permitiendo la alternancia de partidos políticos de derecha e izquierda, e inclusive adhiriéndose a las instituciones y organizaciones europeas, ganando asimismo una sólida presencia internacional. Por el contrario, la transición mexicana solamente sucedió hasta inicios del presente siglo y se mantiene como un proceso frágil e incipiente. Ello sin mencionar las brechas que persisten sin subsanar en términos de pobreza, desigualdad y educación, esta última tanto en lo que se refiere a su calidad en todos los niveles, desde la básica hasta la superior, así como en cuanto a oportunidades de acceso. Un capítulo aparte, pero no menos alarmante, es el estado de postración de nuestras comunidades indígenas y de su riqueza cultural, a pesar de su trascendencia para la cultura e identidad mexicanas.

La corrección de ese conjunto de anomalías requiere sin duda de enormes esfuerzos, pero fundamentalmente del reconocimiento de la importancia de las energías sociales del país para transformarlas a través de la imaginación política. El sistema político mexicano se ha caracterizado por su historia de prácticas autoritarias y sus formas semidemocráticas, con todas las consecuencias que ello ha implicado para el lento avance de los procesos democráticos en el país y para la inveterada desigualdad en la distribución de los recursos y la riqueza nacionales entre los mexicanos.

Siguiendo nuevamente las reflexiones de Ortega y Gasset, además de ser una obra de imaginación, el Estado nacional es una especie de estructura plebiscitaria. Para el filósofo español una nación se edifica sobre dos elementos fundamentales: en un proyecto de convivencia, entendido como una empresa común, y en la adhesión de los individuos a ese proyecto. Por ello, el carácter plebiscitario debe proyectarse hacia el futuro; una nación no está nunca hecha toda vez que está permanentemente en construcción o deconstrucción, lo cual deja abierta la evaluación y la deliberación de lo que hemos sido, pero también de lo que aspiramos a ser.

gpuenteo@hotmail.com

Escrito por en 2 febrero 2010. Archivado en * Info • Lente,Guillermo Puente Ordorica. Puede seguir cualquier respuesta a esta nota con RSS 2.0. Puede dejar una respuesta o un trackback a esta nota

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