En esta misma semana se han producido dos movimientos importantísimos en el siempre imprevisible, inestable y dramático tablero de ajedrez de Oriente Medio: primero, el fin de la guerra de EU en Irak, país que recupera finalmente su soberanía tras más de siete años de invasión y ocupación; y segundo, el inicio de las conversaciones directas de paz entre israelíes y palestinos en Washington.
La mano que movió ambas piezas es la de Barack Obama, la única que realmente puede y la más interesada en que su juego dé resultado. Las razones de este interés son obvias, pero conviene recordarlas para entender la importancia que tienen: la primera, que un Irak soberano (aunque sometido a la vigilancia de EU), democrático (donde estén representados sus tres grupos étnicos: sunitas, chiítas y kurdos) y con un ejército fuerte servirá de contrapeso al poder regional de Irán; la segunda razón es mucho más decisiva, ya que si israelíes y palestinos alcanzan finalmente un acuerdo de paz, que pase inevitablemente por la fórmula, un Estado palestino a cambio de seguridad para Israel, se habrá neutralizado la amenaza de un choque de civilizaciones entre Occidente y el Islam, mientras que el terrorismo de Al Qaeda y sus imitadores en todo el mundo musulmán encontrará cada vez menos adeptos a su causa criminal.
Aunque sólo sea por acabar con la repugnancia que produjo la orden de George W. Bush de arrasar Irak con sus tanques, invocando falsas armas de destrucción masiva, vale la pena ver a su sucesor desmantelando la maquinaria de una guerra que él nunca entendió ni apoyó.
Irak sigue enfrentando el enorme desafío de reconstruir el país, acabar con la violencia sectaria y sobre todo eliminar las bases terroristas de Al Qaeda y los residuos armados del partido Baaz, del ejecutado Sadam Husein. Nada de esto se conseguirá si no hay pronto un acuerdo para formar un gobierno estable de coalición, que sería deseable entre las dos principales fuerzas, los laicos del chiíta Iyid Alaui, la favorita de amplios sectores sunitas moderados, y el oficialismo, también moderado, del todavía primer ministro chiíta Nuri al Maliki. Han pasado ya cinco meses de las elecciones y cuanto más tiempo transcurra Irak sin gobierno más se fortalecerán las fuerzas radicales. Estados Unidos está oficialmente fuera del tablero iraquí, pero no estaría de más un último movimiento de la mano de Obama, el de convencer a Maliki, que perdió las elecciones, de que haría un gran favor a Irak si se aliara con su adversario y ganador Alaui para que se conforme por fin un gobierno estable.
Y qué decir del otro movimiento de ficha, el que incumbe a palestinos e israelíes. Probaron suerte todos los presidentes estadunidenses desde Jimmy Carter en adelante (particularmente los demócratas, ya que los republicanos más bien se dedicaron al derribo de la ideología comunista —Ronald Reagan— o a guerrear en el golfo Pérsico —George Bush, padre e hijo—), pero siempre con escaso o nulo éxito.
A excepción del logro de los Acuerdos de Camp David auspiciados por Carter, por los que el egipcio Anuar el Sadat y el israelí Menajem Beguin firmaron en 1978 la paz y establecieron relaciones diplomáticas, y el relativo éxito de los Acuerdos de Oslo de 1993, bajo los auspicios de Bill Clinton, por los que el israelí Isaac Rabin y el líder de la OLP, Yaser Arafat, iniciaban una tortuosa ruta hacia la desmilitarización de los territorios ocupados, no se ha conseguido ningún otro avance.
Muy al contrario. El primer acuerdo acarreó el asesinato del egipcio Sadat por extremistas árabes y el segundo acuerdo acabó con el asesinato de Rabin por un extremista judío. El resto ha sido varias “intifadas” sangrientas, el nacimiento del terrorismo de Al Qaeda, y el triunfo de los extremistas en los dos territorios de donde se retiró Israel: Hezbolá en el sur de Líbano y Hamas en la franja de Gaza. Ambas organizaciones han jurado la destrucción del Estado sionista. Y para rematar este panorama, el actual gobierno derechista del israelí, Benjamín Netanyahu, no hace otra cosa que permitir nuevos asentamientos judíos en Jerusalén Este y Cisjordania, haciendo cada vez más difícil la creación de un Estado viable para los palestinos.
Pese a todo esto, Obama no tira la toalla y, convencido de que su buena estrella todavía encandila (al menos fuera de EU), convoca al presidente palestino Mahmud Abas y a Netanyahu para que alcancen un acuerdo de paz.
Hay mucho en juego: los asentamientos judíos, qué hacer con Jerusalén, qué hacer con los palestinos desperdigados por todo el mundo… . En lo que hay al menos un principio de acuerdo es en el de crear dos estados que convivan en paz. En cualquier caso la partida de ajedrez está en marcha y hay que evitar que ganen los del otro lado del tablero: los extremistas judíos y palestinos, como ha sucedido hasta ahora. Ojalá haya suerte esta vez.
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