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Las culturas indígenas a través de doscientos años

Platea Internacional

Guillermo Puente Ordorica


Escribo estas líneas al mismo tiempo con pesar y con la admiración de siempre al amigo y maestro Carlos Montemayor, recientemente fallecido, para referirme a uno de los tantos temas que conocía a profundidad y que lo cautivaban, esto es, la vigencia y riqueza de nuestras culturas indígenas, de sus múltiples expresiones y energías de resistencia a través de su literatura, su poesía o bien de su capacidad organizativa, por mencionar algunos aspectos. Ello refleja, desde luego, la interacción de complejos procesos sociales y políticos, vinculados estrechamente a formas de entender el mundo, de hacer las cosas y de organizarse, lo cual dista de la visión romántica, casi idílica, del patrimonio cultural indígena como pieza de museo.

La reflexión resulta pertinente a propósito del periodo actual del país en el que se recuerdan los cien y doscientos años de los movimientos políticos y sociales que han marcado de diferentes maneras la historia mexicana, desde su nacimiento como un país autónomo como en la definición de sus rasgos políticos, económicos y sociales. Las múltiples miradas con que se analiza y se trata de entender al país mirando reflexivamente hacia su historia, obliga sin duda a pensar en esa otra parte, consustancial, de la sociedad nacional, avanzada ya una década de la nueva centuria, de intensa interconexión global en todos los ámbitos.

Desde una perspectiva sociológica, la globalización puede entenderse como la acentuación de los particularismos como parte de un proceso dialéctico en el cual se generan reacciones tanto de rechazo como de identificación con un espacio global. Paralelamente, los individuos son parte de la globalidad en función, por mencionar un par de ejemplos, del consumo global o de su exposición a las tecnologías de la información, al tiempo que subrayan sus diferencias nacionales, regionales y locales respecto de los otros, como lo refiere la antropología.

Como plantean algunos autores especializados, la globalización se refiere tanto a la compresión del mundo como a la intensificación de la conciencia de éste como un todo, lo cual supone a su vez la reafirmación de los particularismos. De esta manera, la cultura nacional, en su acepción clásica, por decirlo de alguna manera, acaba por no ser el espacio adecuado para este ensanchamiento de las reafirmaciones culturales, debido fundamentalmente a la rigidez de sus parámetros y de su marco conceptual.

La globalización y las tendencias que ha fomentado, oblilgan a una revisión del Estado nacional en su misma concepción y, por ende, de la idea de las sociedades homogéneas y la cultura nacional uniforme, es decir, los postulados sobre los que se edificaron las actuales sociedades.

En un mundo crecientemente interdependiente, se vigoriza la conciencia civilizacional y social, así como las manifestaciones de identidad étnica, regional e individual. Desde una perspectiva amplia cabe insistir en que la globalización implica también la reafirmación de los particularismos. Un síntoma claro de ello es que los Estados y las sociedades nacionales, en su homogeneidad, están en crisis evidente, lo cual requiere nuevos métodos para ejercer políticas incluyentes, que reconozcan la diferencia y alienten la diversidad.

Erick Hobsbawm ha sugerido que la nación está en transición de perder una parte esencial de sus funciones históricas básicas, es decir, la de constituir una economía nacional limitada territorialmente como parte del engranaje más amplio de la economía global, y señala que tendrá que escribirse la historia de un mundo que ya no cabe dentro de los límites de las naciones y los Estados (Naciones y Nacionalismo, 2000).

En un influyente libro publicado hace casi veinte años, un autor proponía que la imaginación política, social y cultural permitió crear la idea de la nación como una comunidad, dando sustento a la organización de entes políticos en los que miembros de incluso la nación más pequeña, nunca conocerán al conjunto de sus conciudadanos ni habrán oído mencionar de su existencia y, sin embargo, en las mentes de cada uno permanecerá la imagen de comunión entre ellos. La nación es imaginada, igualmente, porque tiene límites, es decir, fronteras elásticas pero finitas, más allá de las cuales existen otras naciones, y es soberana: autónoma en relación con otros Estados en cuanto a su autoridad. (Benedict Anderson, Comunidades Imaginarias, 1991)

De tal suerte, nación e identidad nacional son fenómenos que existen en la imaginación de la gente, pero que dan contenido al sentido de pertenencia a su comunidad. Las identidades (nacionales, regionales y locales) son representaciones de pertenencia, y la imaginación es en efecto, una facultad representativa, de suerte que en la imaginación de los individuos está la comunidad a la que pertenecen y de ahí la importancia de su certeza.

Ello pone de relieve la relevancia de estimular no solamente discusiones, sino procesos políticos y sociales que inciten esa diversidad cultural, como sucede en otras naciones como India o China, en las que, como comprobó Carlos Montemayor, se promueve el uso activo de sus múltiples idiomas y, por ende, toda una maquinaria cultural que les da aliento y sustento, y en cuyo marco se interrelacionan y se renuevan permanentemente. Como puede verse, el debate es muy complejo pero es innegable que las reflexiones sobre el país, a doscientos años de su surgimiento como Estado independiente, no pueden soslayar la relevancia de sus culturas indígenas y de sus problemas aún irresueltos.

gpuenteo@hotmail.com

Escrito por en 2 marzo 2010. Archivado en * Info • Lente,Guillermo Puente Ordorica. Puede seguir cualquier respuesta a esta nota con RSS 2.0. Puede dejar una respuesta o un trackback a esta nota

Un comentario a Las culturas indígenas a través de doscientos años

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