Hace apenas cuatro meses la disidente Aminatu Aidar, cuya vida la ha dedicado a denunciar el dominio marroquí sobre su pueblo y su tierra, el Sahara Occidental, fue expulsada a España y decidió ponerse en huelga de hambre para doblegar al todopoderoso rey marroquí y que le permitiera regresar a su casa. Lo consiguió y desde entonces se ha convertido en símbolo de la resistencia y la dignidad de los oprimidos para mucha gente, especialmente para la izquierda radical europea, que la elevó a la categoría de mártir de su causa contra el imperialismo.
Esta semana se celebró en Madrid un merecido homenaje a Aminatu, esa mujer frágil que estuvo al borde de la muerte por la justa causa del pueblo saharaui, y fue imposible pasar por alto lo que acababa de ocurrir en Cuba unos días antes, la muerte de otro disidente, Orlando Zapata, muerto tras pasar 85 días en huelga de hambre.
Efectivamente, la “intelectualidad” española emitió un comunicado de condena por la muerte del preso cubano; pero ¿qué pasó cuando se preguntó directamente a uno de los participantes en ese homenaje a la saharaui? Esta fue la respuesta del actor español Willy Toledo: “Orlando Zapata no era más que un delincuente común” y, parafraseando el discurso oficial del régimen cubano, aseguró que los “presuntos disidentes” encarcelados en Cuba “son gente que ha cometido actos terroristas contra el Gobierno cubano, actos de traición a la patria y un montón de delitos”.
Willy Toledo no pasará desde luego a la historia como actor, sino como fiel sacerdote de la religión castrista, incapaz de discutir sus dogmas ni de entender que allí –sí, sí, en Cuba— hay personas que en pleno siglo XXI están encarceladas por pedir libertad. Es, en definitiva, uno de los “cien mil hijos de Fidel Castro”, una imitación contemporánea de esas legiones de soldados que el rey francés envió contra los disidentes liberales en España y que fueron bautizados como los “Cien mil hijos de San Luis”.
Fidel Castro cuenta con miles de “hijos” incondicionales en todo el mundo, desde pensadores como el estadounidense Noam Chomsky; a presidentes como Hugo Chávez, Daniel Ortega o Lula da Silva; a premios Nobel de Literatura, como Gabriel García Márquez o José Saramago; o el propio Raúl Castro, que a dos años de llevar las riendas del poder es incapaz de desprenderse del influjo de su hermano mayor ni de sostener sus propias palabras, cuando ilusionó al pueblo con la promesa de una tímida apertura que nunca cumplió.
De momento, los grandes sacerdotes del castrismo guardan silencio ante la muerte del preso político. No lo harán, primero para no sufrir el linchamiento mediático que sufrió el pobre desgraciado actor español, cuando se lanzó a defender lo indefendible, y segundo porque saben que el régimen no está en peligro, puesto que la vanguardia de esos cien mil hijos está fuertemente implantada en la isla con el ejército.
Este es, pues, el verdadero mérito que se llevará Fidel Castro a su tumba: medio siglo después de sustituir la dictadura derechista de Batista, por la suya izquierdista, el viejo líder revolucionario morirá en su cama, llorado en todo el mundo por sus cien mil (muchos más en realidad) inconsolables seguidores. Ninguno de ellos se acordará de los cubanos ejecutados o encarcelados por el régimen. No vale la pena, pues, sacrificar ninguna vida más, como la del periodista Guillermo Fariñas, que pende de un hilo, para que la comunidad internacional reaccione ante la cuestión cubana; es una batalla perdida.
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