Ucrania navega a la deriva, según sople el viento. Antes lo hizo con fuerza hacia Occidente, empujada por una marea conocida como la “revolución naranja”, que nunca llegó a buen puerto; ahora sopla al norte, con menos empuje, desde luego, pero apuntando a Rusia.
Así lo decidieron, aunque sin mucho entusiasmo, los ucranianos que el pasado domingo, por estrecho margen, dieron la victoria a Víctor Yanukovich, para que presida la segunda república más grande surgida del desintegrado imperio soviético, siempre por detrás de Rusia, que la abraza como una madre de la que no quiere o no puede despegarse.
Yanukovich, el candidato prorruso, derrotó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del pasado domingo a la primera ministra, Yulia Timochenko, y antes logró quitarse del medio, en primera vuelta, al actual presidente de Ucrania, Víctor Yushenko.
Ambas victorias tienen sabor a revancha, ya que el tándem Yushenko-Timochenko fue el que lideró la revuelta popular que tumbó en otoño de 2004 la victoria de Yanukovich en las elecciones presidenciales, anuladas por fraudulenta, y forzó una tercera vuelta en la que finalmente perdió ante el actual presidente Yushenko.
Esa revuelta pasó a la historia como la “revolución naranja”, por ser éste el color de las banderas de los manifestantes y porque parecía el inicio de un ilusionante acercamiento de Ucrania hacia las democracias consolidadas en Europa frente al autoritarismo ruso y ciertas costumbres siniestras de su pasado “zarista-estalinista”, como la de la eliminación física del enemigo. De hecho, la imagen más chocante de ese otoño turbulento de 2004 fue la del entonces candidato presidencial Yushenko con la cara deformada tras haber sido envenenado y haber sobrevivido milagrosamente al intento de asesinato, presuntamente cometido por partidarios del candidato que quería el Kremlin, Yanukovich.
Pues bien, un quinquenio después el Kremlin lo ha conseguido: Yanukovich ha sido elegido presidente en unas elecciones limpias, según atestiguaron los observadores europeos, y no hubo envenenamientos de adversarios de por medio. No hizo falta; bastó el desencanto de la población ante una revolución que se desinfló tan rápido como creció.
Una vez instalados en el poder, el presidente Yushenko y su primera ministra Timochenko se enzarzaron en una lucha de caudillos a ver quién acaparaba más poder, ante la mirada astuta de Rusia, que no dudó en tensar la cuerda cortando el suministro de gas a Ucrania por negarse Kiev a aceptar la subida de la tarifa del gas de 50 a 230 dólares, algo que el gobierno ucraniano consideró como un intolerable chantaje en pleno invierno de 2006, pero que Moscú defendió como un reajuste de tarifas, considerablemente bajas por estar subvencionado el combustible, un privilegio heredado de cuando ambos países eran parte de la URSS. La “guerra del gas” se repitió desde entonces cada invierno.
Pero el mayor desencanto fue la actitud de la Unión Europea. Los ucranianos han sentido estos años lo mismo que ahora sienten los georgianos: que los europeos no van a sacrificar sus relaciones con Moscú por meter a ambos países bajo su influencia.
El Kremlin ya dejó escapar de su órbita a las ex repúblicas soviéticas de su flanco occidental y permitió que regresaran a Europa, pero trazó una línea roja que dejó dentro de su área de influencia a las restantes ex repúblicas, incluida Ucrania, sede aún de la Flota Rusa del Mar Negro y la salida natural de Moscú al Mediterráneo. Quizá el temor a que una Rusia irritada decidiese reinstalar sus misiles nucleares apuntando al viejo continente, pero sobre todo la amenaza real de cerrar la llave del gas ruso a Europa, pudieron influir en el silencio de la UE a los llamados ucranianos y georgianos, y por supuesto ante los graves atropellos a los derechos humanos de los rusos contra separatistas chechenos y otros pueblos caucásicos.
Esta indiferencia europea unida a una pésima gestión económica, que obligó al gobierno ucraniano a recurrir a un préstamo del FMI para no declararse el país en quiebra el año pasado, decantó finalmente la balanza por el candidato prorruso y enterró definitivamente la “revolución naranja”.
La todavía primera ministra Timochenko, que se niega a dejar el poder, insiste en que hubo fraude y amenaza con sacar las masas a la calle en una segunda edición de la “revolución naranja”. Pero, visto lo ocurrido en todos estos años y a tenor de lo que el pueblo ha dictado en las urnas, más le valdría (recurriendo al lenguaje taurino) cortarse la trenza en forma de corona que la caracteriza y hacer un paseíllo de despedida en el ruedo antes de desaparecer.
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