Invasión Retrofutura
Andrés Pascoe Rippey
Qué bonitas son las leyendas. No sólo por la narrativa épica, sino porque nos da una ventana a la forma en que las comunidades escogen ver su historia; nos muestran qué era lo que se consideraba importante, la forma en que las sociedades desean entenderse a sí mismas.
La leyenda de Rómulo y Remo —y por tanto de la fundación de Roma— es emblemática por varias razones. Una, porque nos muestra la obsesión humana con el linaje y la herencia; dos, porque es una historia clásica de supervivencia; tres, porque explica el nacimiento de uno de los imperios más importantes del mundo y cuatro, porque me recuerda a Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador.
Recordemos un poco la historia.
Troya arde. Los griegos, gracias a un ingenioso plan de Ulises, lograron penetrar la inexpugnable ciudad que sitiaron durante años. Los templos son devorados por las llamas, las mujeres son violadas, los soldados masacrados. Se ha terminado el sueño troyano y todo por culpa de una mujer, Helena.
Pero ningún final es el final: un grupo de hombres, mujeres y niños, logran escapar de la masacre, liderados por Eneas. Corre que corre, llegaron a la zona septentrional de África y ahí Eneas —ni tardo ni perezoso— se ligó a la reina Dido de Cartago. Pero Eneas, guiado por los dioses, supo que debía abandonarla y fundar su propia ciudad. Así, la dejó desesperada (Dido se suicidó) y viajó a Italia, dónde fundó Lavinia. Pasaron ocho generaciones.
Dos hermanos, descendientes de Eneas, se disputaban el trono. Numitor y Amulio gobernaban juntos pero no revueltos, al punto que Amulio destronó a Numitor y obligó a su hija, Rhea, a volverse sacerdotisa, para que se mantuviera virgen.
Pero la carne es débil y un día Rhea se echó una siesta al borde de un río. “Casualmente” el dios Marte pasaba por ahí, la vio —muy sexy en su toga— y se la echó al plato. Tan sutil fue que ni la despertó (un poco como la Virgen María) —o al menos eso contó Rhea.
Total, nacen Rómulo y Remo, lindos gemelos. Pero el rey Amulio, temiendo lo destronen, los manda matar. Pero el asesino se apiadó de ellos y los echó en una canasta (como Moisés). Afortunadamente, una loba los encontró y los cuidó. Así, Rómulo y Remo sobrevivieron y crecieron fuertes con la leche de loba guerrera.
Deciden fundar una ciudad, pero no se ponen de acuerdo. Ambos juran ver señales divinas que los marcan como los dueños de la verdad sobre dónde y cómo montar el nuevo imperio. Rómulo gana la disputa y hace una raya. Jura que quien la cruce sin permiso morirá. ¿Quién es el primer tarado en hacerlo? Remo. Rómulo, dueño de una intransigencia sin límite, se cena a su hermano.
Pero, ¡ay pobre!, se siente culpable. Digo, acaba de matar a su único hermano. Así que en su honor, le pone Roma a su ciudad.
¿Qué nos dice sobre los romanos esta historia? Por un lado, que querían creer que tenían linaje, que eran herederos de otra gran ciudad e hijos de dioses. Por otro, que les encantan las historias de honor, culpa y redención. Por último, que se parecen a nuestro presidente y a su principal rival.
Aunque no parezca, ambos mamaron la teta de una loba: el sistema priísta. AMLO es, en el fondo y superficie, un burócrata del PRI; Calderón no es priísta, pero es rehén del priísmo, así que da lo mismo. Ambos quisieron ser los líderes de la refundación de la República, y tuvieron que matarse para resolverlo.
Y ambos han creado leyendas propias. Calderón ha creado la leyenda de que todos los problemas de su gobierno son culpa de otros y que todo lo han hecho bien. No importa lo que digan los dramáticos hechos —delincuenciales, sociales, políticos y económicos— aquí no hay falla. ¿Que nos critican de afuera? No han leído, ignorantes. ¿Que nos critican de adentro? Son malos patriotas, egoístas. La leyenda radica en haber cerrado todo oído a la crítica, con la certeza de que todos son traidores. Y así le ha ido.
La leyenda de AMLO es bien conocida: él, el rayo de esperanza, vino a salvar al pueblo. Mafias y fuerzas malvadísimas le hicieron un fraude electoral para mantener sus privilegios. Ahora recorre los pueblos, como alma en pena, exigiendo que se haga justicia. Pero no se rinde: volverá. En 2012, diga lo que diga el PRD, AMLO será candidato y se vengará. Los sindicatos que me apoyan son pureza; los que no, son perversidad. Y así le ha ido.
Ambas leyendas nos dicen más de quien las construyó —y de quien las cree— que de la historia de nuestra Patria. Ambos son cuentos, en los que la verdad importa nada. El único objetivo de la leyenda —a nivel histórico y a nivel político— es mantener una autoridad moral inquebrantable.
Lo hicieron los romanos, para justificar todas sus conquistas: somos los herederos de Marte, de Eneas, de Rómulo, el héroe trágico. Lo hace Calderón, para poder dormir haciendo oídos sordos al desprestigio internacional que sumerge a México. Lo hace AMLO, para asegurarse de que todos aquellos disidentes y críticos sean destruidos y quede claro que él es la luz.
De verdad, qué bonitas son las leyendas.








