Hay rumbos de la ciudad que se entrometen. Por más que uno no tiene un interés particular por determinada zona, irremediablemente acaba por acudir ahí.
Tal me sucede, por ejemplo, con el área Escandón-Tacubaya. Y con algunas calles de la colonia Juárez.
En la primera, todo comenzó muy temprano, pues ahí viví y asistí al kínder. Era realmente pequeño cuando nos mudamos de la casona de Martí y Carlos B. Zetina. No fue un abandono completo, pues mi abuela vivía en Ciencias, y eso hacía obligatorio el regreso. Nada extraño, dirán, pero déjenme que les cuente.
A ella le compraron una casa en un suburbio, así que la zona debió quedar en el olvido.
Excepto que a mi madre se le ocurrió inscribirme en la preparatoria de la universidad que está en Benjamín Franklin, a dos cuadras del que fue mi kínder en Carlos B. Zetina. Tres años de asistir con regularidad a Tacubaya, bueno. Sólo que los caminos de la vida… Un viaje en el tranvía me llevó a conocer a una chiquilla de la secundaria 8 que me robó el corazón (y todavía no lo devuelve). Vive su familia en Mutualismo, no muy lejos mis primeras calles de la zona. Así que no pude alejarme del rumbo.
Pasaron los años. Mis hijas necesitaban una primaria y una preparatoria. Las inscribí en el colegio Luis Vives. Frente a mi prepa, en la calle Carlos B. Zetina, la de mi preescolar.
Luego, por razones que no vienen al caso, la mayor pasó a una preparatoria de la cerrada de la Paz, en la misma colonia. En esa época me aclientelé en un cafecillo de la esquina de Progreso y Ciencias.
Luego mis hijas fueron a otras escuelas.
Y ya me creía libre de la región, cuando una entrañable amiguita pelirroja comenzó a trabajar en una revista cuyas oficinas están en… cerrada de la Paz y Progreso. El cafetín de la esquina de Ciencias, con las mismas dependientas, nos sirvió como lugar de encuentros.
Ya me resigné. Seguro que, aunque ahora no sé para qué, he de volver al rumbo.
La historia de la Juárez
Con esa zona recurrente mi relación comenzó en la secundaria. Las tareas me llevaron a buscar una biblioteca, y fui a dar a la Benjamín Franklin, en Londres y Berlín.
No me quedaba cerca, pero me gustaba. Además, el camión de la línea Popo-Sur 73-colonia del Valle, pasaba frente a mi casa, a la vuelta de la Alberca Olímpica, y me dejaba en la esquina de la biblioteca.
Años después, cuando estudiaba la apasionante carrera que me tiene aquí tecleando, por cuestiones académicas y de otros amoríos, hube de frecuentar el despacho de un celebérrimo columnista y profesor de la UNAM, que se ubicaba en la calle de Nápoles y luego en Insurgentes, a unos metros de la ya inexistente librería Hamburgo.
Ya sabedor de que hay rumbos recurrentes, no me sorprendió regresar a Nápoles y Liverpool como cliente de una cafetería que está ahí.
Después, un periódico en el que había trabajado se mudó a Londres, entre Nápoles y Dinamarca. ¿Y eso qué, dirán, si ya no trabajaba ahí?.
Sin embargo, ahí laboraba entonces una pelirrojita, queridísima amiga, que ya apareció en la historia de Tacubaya. Y heme, aunque esporádicamente, de nuevo por la zona.
Ella ya no labora en ese medio, pero para rematar, se fue a vivir, no hace mucho, a la calle de… Nápoles, a una cuadra de la que fue sede del Ateneo de Angangueo, oficina de mi profesor.
Así que tampoco me puedo desprender de esas calles de la Juárez.
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