Cuando terminó la Cumbre de Cancún, no pude evitar recordar esa canción del final del musical Vaselina. Ustedes recordarán que en la versión latina de Grease, la melodía final es una orgía de amistad, en la que cantan —y lo cito: Iremos juntos, ramma lama lama a daga da, dingi dong, todos unidos, shoo-bop shu whara whara, yipidy bum ti bum chen chen chengity chen shoop bop, como debe de se-eeeer, waooo, yeah.
Así dice y lo recuerdo porque me tocó ser parte de esta genialidad musical a los nueve años en la escuela, ya que estaba de moda por esos días. Yo era Guillermo, al que le toca cantar esa canción patética de “amor primero, el más since-eeero” etcétera. Mi desempeño fue extraordinario, como se podrán imaginar.
Total, veía a los presidentes abrazarse y darse de achuchones y tarareé en mi cabeza el iremos juntos pensando en la pureza y la belleza de la intención de crear un organismo que nos integre como naciones hermanas. Una Cumbre que bien podría ser el primer paso hacia la creación de un verdadero bloque regional que, excluyendo a Estados Unidos y Canadá, nos permita enfrentar los miles y grandes retos del futuro juntos.
Quizá se sorprendan al saber que en esta ocasión, para variar, sí creo que puede darse algo positivo de esta Cumbre. Es cierto, como dicen los cínicos, que la mayor parte de los organismos de esta índole se quedan en buenas intenciones — “latinoamericanada” dijo alguien— y sus logros pueden ser vagos.
Pero veo tanto en la declaración como en los vientos de nuestros países una tendencia que creo que podrá iniciar un camino diferente. No sólo creo que es posible porque veo indicios de ello, sino que siento que es totalmente indispensable.
Si uno ha estado poniendo atención, debe haber notado que aparte del drama entre Uribe y Chávez, las naciones han reducido su nivel de rispidez y enojo. Argentina y Uruguay se han reconciliado. Chile y Perú están un poco mejor. Con Bolivia, Chile está en su mejor momento. Ecuador y Colombia han recobrado cierta amistad, y Brasil se lleva bien con todos, igual que México.
Y si bien la tendencia hoy —al menos entre los opinantes— es de un desprecio y ataque constante a los gobierno de izquierda de la región, muchos de ellos (con la excepción de Venezuela) están demostrando bastante temple, manejos cada vez más responsables y una búsqueda de reducir la polarización. Casi uno podría esperar que, una vez que ni Uribe ni Chávez estén en el poder, la inclinación a armonizar será la constante.
Un amigo me decía que no le gustaba la idea de una Latinoamérica integrada porque sólo sería “sumar pobrezas”. Es cierto que, a diferencia de la Unión Europea, no contamos con un grupo amplio de países ricos que puedan subvencionar a los más pobres y arrastrarlos hacia arriba. Pero sí contamos con cosas que valen igual que el dinero.
Algunos países tienen conocimiento sobre institucionalidad y combate a la corrupción que a otros les es urgente; algunos tienen experiencia en combate a la pobreza, en educación o en desarrollo social; algunos producen mucho, otros necesitan los excedentes. Es innegable que en el conjunto de la experiencia de América Latina todos pueden aportar algo y todos necesitan otra cosa. Acuerdos migratorios, de intercambio, de combate al narco.
Inclusive, si bien hoy las buenas conciencias condenan a Cuba —con toda razón— por la muerte del preso político Orlando Zapata, no se dan cuenta que la integración sirve justamente para promover la democracia. Un país como Cuba podría beneficiarse de ser parte de un organismo de intercambio económico, político y social, quitándole así el genial argumento del bloqueo estadounidense. Cuatro décadas de marginación a la isla han demostrado que la exclusión no sirve para nada. Si quieren cambios en Cuba, si quieren influencia, hay que integrarnos. Si lo que quieren es darse golpes de pecho —mientras ignoran, por ejemplo, las violaciones a los derechos humanos en China— sigamos como estamos.
Hay puntos importantes e interesantes en la Declaración de la Cumbre, y creo que con un poco de voluntad política se podría avanzar de forma significativa en mejorar las condiciones de vida de las personas. Sé que el “sueño bolivariano” está gastado y toda la derecha detesta su solo nombre, pero recordemos la idea original y su sentido profundo.
El año en que muchos de los países de la región cumplimos nuestro bicentenario independentista es el momento ideal para retomar las ínfulas apasionadas de una Latinoamérica libre, fuerte, unida y justa. ¿Por qué diablos no?
Así es como debe de ser. Waooo, yeah…
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